Dignidad perdida

Los clanes políticos colombianos en su aspiración de lograr sus “dignitas” no escatiman esfuerzos en acudir a toda clase de artimañas, engaños y trampas.

Opina - Política

2018-02-20

Dignidad perdida

No hablar de política en estos tiempos es inevitable, tan álgida y candente está la cosa que de manera indefectible debemos abordar el tema aun pretendiendo ahorrarnos la molestia de tener que pasar por los cambios de estado de ánimo personal que la materia nos produce; la misma nos lleva con facilidad del entusiasmo a la amargura y del optimismo al escepticismo, tanto que nos podría hacer rayar en la bipolaridad,  producto de entender de manera objetiva que en Colombia, en más de 200 años de historia, en materia electoral la dignidad está perdida.

Si de dignidad vamos a hablar empecemos por decir que este vocablo procede del latín “dignitas” que significa digno, merecedor o mérito. En ese sentido la dignidad es un sentimiento de valor propio, el ser humano en su actuación debe ser digno y respetado, sobre todo por sí mismo.

Así las cosas y en la cuenta regresiva del proceso electoral que se aproxima, hemos sido testigos de excepción de como el marketing político o la “publicidad política pagada” nos vende la idea que toda esa gama de aspirantes que “ofertan” sus hojas de vida son dignos o merecedores por “merito suo” de ganarse nuestro voto de confianza en las urnas y salir elegidos para ocupar “dignidades” en el Congreso de la República o en el solio de Bolívar.

Ahora bien, en observancia de los aconteceres que han rodeado la actividad política en no menos de los últimos 25 años, es válido preguntar si todo ese abanico de aspirantes es digno de ocupar los cargos que tienen la misión de regir los destinos de nuestro país.

Cuando hablamos de quienes ocupan los cargos más altos del estado los llamamos “dignatarios” entendiendo por dignidad un rango de jerarquía social que estamos dispuestos a reconocer, lamentablemente quienes los ostentan no han estado a la altura, es decir, no han sabido aprovechar el momento que su electorado les brindó para hacer parte de la historia o para que se convirtieran en líderes de prolongada y grata recordación.

Los clanes políticos colombianos en su aspiración de lograr sus “dignitas” no escatiman esfuerzos en acudir a toda clase de artimañas, engaños y trampas porque no tienen más que el anhelo de obtener por dignidad aquello que consideran merecer como personas, en el sentido del rango que creen deben ocupar en nuestra sociedad.

Razón tenía Platón quien nos advirtió sobre estas conductas, recordándonos que pueden conducir a formas de gobierno desviados como la timocracia, en la que quienes aspiren a ocupar altos cargos de dignidad deben poseer capital monetario, de lo contrario, es imposible acceder al poder pues es el camino a seguir en la búsqueda de honores.

¿Creemos acaso que los grandes escándalos de corrupción, los malos gobiernos desde el nacimiento mismo de los partidos políticos han sido errores ocasionales? No, son hechos consuetudinarios y en connivencia con la justicia cooptada por ellos mismos. Es por eso que no les da ni calor ni frio traicionar la confianza del pueblo, pisotear la democracia y lo que es peor, los dirigentes políticos corruptos no tienen la capacidad ni la voluntad de reconocer que se equivocan, contrario sensu desafían al electorado, la ley, la justicia y la autoridad.

Es gracias a la timocracia que vivimos hoy por hoy una campaña electoral carente de ideas o propuestas que vayan en favor de la población. Todos y cada uno de los que aspiran al Congreso o a la Presidencia lo hacen no porque están planeando trabajar por su pueblo, sino porque están convencidos que se lo merecen, porque pertenecen a un clan, a una familia, a una casta o a un grupo político que por herencia, dinero y tradición debe mantenerse en el poder.

Basta con analizar sus discursos llenos de odio que nos sumerge en medio de esa guerra sucia para vendernos la idea desde una orilla, que si no votamos por ellos estaremos condenados a un gobierno comunista que nos convertirá en Venezuela, como si por cuenta de ellos viviéramos en una especie de  paraíso suizo. Y desde la otra pretenden convencernos con su arrogancia y egolatría que por su ideario son los poseedores verdad absoluta y así en nombre de esa sacrosanta dignidad, arrastran al pueblo que sufre inerme las consecuencias de una sangrienta e inmisericorde lucha por el poder.

Algo que debemos tener claro es que la firma de los acuerdos del fin del conflicto con la guerrilla de las FARC no es en términos generales el logro de una paz estable y duradera como nos la prometió el actual mandatario, la misma llegará en la medida en que nosotros mismos seamos capaces de tomar decisiones trascendentales, que transformen la manera de hacer política, y como el malo es guapo hasta que el cobarde se decide, pues es hora de ser valientes, es el momento indicado para que saquemos pecho frente a los corruptos y los desafiemos por que juntos seremos capaces de transformar nuestra sociedad.  

La reflexión desde nuestros rincones es entender que como poder constituyente primario tenemos la obligación de dejar a un lado el abstencionismo y la cobardía electoral, que debemos empoderarnos de la solución de esta crisis nacional y salir masivamente a las urnas durante la próxima contienda electoral, vamos a depositar nuestro voto en blanco, sin dañarlo, sin temores, con la frente en alto y la consciencia tranquila porque ya es suficiente, los timócratas en nuestro país deben acabarse, en nuestras manos está la capacidad de derrotar las maquinarias corruptas que pretenden darle continuidad a un poder que por su narcisismo no ha tenido la capacidad de gobernar.

Es hora que esta caterva de corruptos de un paso al costado, pase a uso de buen retiro y se siente a esperar la acción de la justicia que más temprano que tarde tendrá que empezar a pasar las cuentas de cobro porque no cabe duda que los colombianos recuperaremos la dignidad perdida.

#VotarConDignidadEsVotarEnBlanco

 

 

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Diego Luis Amaya
Ingeniero de Sistemas, no me siento ni a la izquierda ni a la derecha, amo mi país y estoy convencido que el poder de la palabra es mayor que el de las armas.