Antes había presidentes

Ahora NO HAY PRESIDENTE. Quien habita la Casa de Nariño no es más que un simple muñeco. Una marioneta. Un títere que es manejado a control remoto desde el establo de una finca en la vereda Llanogrande del municipio de Rionegro.

Opina - Política

2018-11-08

Antes había presidentes

A mí me tocó vivir una época en que había Presidentes de la República. Uno podía estar de acuerdo o en desacuerdo con ellos, pero era el Presidente y uno sabía que él mandaba.

Siendo un niño pude ver en la televisión la ceremonia de posesión del presidente Carlos Lleras Restrepo; no podía votar, pero mi papá, liberal, votó por él, y yo sentía cierta solidaridad infantil con el “cabecipelao”, como lo llamaba el populacho.

Después, el compromiso frente nacionalista hizo que el liberalismo apoyara al viejo Pastrana, a Misael. En la elección de 1970. Luego, vino López Michelsen por el miedo que generaba Álvaro Gómez.

Para la elección de Turbay, ya había cédula y criterio. Pero, por lo mismo, votamos por Socorro Ramírez, candidata socialista, a sabiendas de que no tenía ni edad, ni condiciones para ser presidente.

Después, cuando el tiempo de Belisario, el profesor Gerardo Molina, intelectual íntegro y limpio, fue el refugio de nuestro voto inconforme, así como se llamaba su movimiento.

En la disputa entre Barco Vargas y Gómez Hurtado, optamos por Jaime Pardo Leal, de la UP, naciente y, simultáneamente, muriente movimiento político, que marcó la precaria duración de la esperanza en los procesos de paz de este “país de mierda”, que habría de diagnosticar, años más tarde, César Augusto Londoño.

Para el 90 no había opción viable. Pese a ello, Gómez Hurtado aparecía como una alternativa distinta, regenerada y rescatable, frente al neoliberalismo desvergonzado y tránsfuga de César Gaviria. A sabiendas de su pasado y de que la derrota estaba asegurada, la papeleta fue a favor del contradictor ancestral. También perdimos. Tuvimos pues como presidente, a regañadientes, al neoliberal César Gaviria Trujillo.

Vino la Constituyente y, con ella el Estado Social y Constitucional de Derecho, plasmado en una nueva Carta Política: La esperanza de cambio vivía y era factible.

Con Ernesto Samper, experimentamos las primicias del triunfo. Por primera vez teníamos un régimen elegido por nosotros. Su discurso inaugural en la Plaza de Bolívar prometía un gobierno preocupado por lo social y por los Derechos Humanos, en un entorno donde esos temas eran vedados. La solidaridad social, el freno a la apertura económica neoliberal.

Pero tanta belleza no podía ser verdad: vino la amargura con una avalancha llamada “proceso ocho mil” y sus consecuencias. Nos quedamos sin banderas.

La consecuencia inmediata: el triunfo del insubstancial y baladí hijo de Misael, que se tradujo en el fatídico y escabroso juego de niños. La farsa, la farándula, el coqueteo, la frivolidad de un imbécil hijo de papi, llegado a la primera magistratura del Estado, marcó el cambio de siglo.

No tuvo el carácter necesario para enfrentar a las FARC, no tuvo la valentía de decirles que no. Se refugió en el oropel. Pero el grupo subversivo, insólitamente, se dejó engañar con golosinas. El resultado fue el fortalecimiento de las posiciones de extrema derecha que, a la postre, hallaron en el antiguo servidor y amigo de Pablo Escobar, su mejor expresión.

Y llegó la tragedia: un sujeto sin escrúpulos, sin miramientos, sin respeto por nada, ni por nadie, accedió a la primera magistratura y destrozó a Colombia. Entronizó el abuso.

La corrupción, permeó hasta su propia familia; hizo trizas la intimidad de sus opositores políticos, periodistas, magistrados, gentes del común; y ferió la independencia del poder legislativo, así como confrontó de manera vil e infame al poder judicial. Y para rematar, compró las conciencias que le eran necesarias para mantenerse en el poder, avasalló mediante dádivas y canonjías a sus opositores, vulnerando así la Carta Política.

Trató de estirar su mandato por cuatro años más, como mínimo. Frustrado el intento, probó a hacerlo por interpuesta persona, aunque eligió mal el sucesor que le resultó respondón e independiente. Se le salió de las manos y gobernó con criterio propio.

Tras ocho años de angustia y, corregido el dislate, el nefando personaje ha vuelto a imponerse en cuerpo ajeno, utilizando un pobre muchacho de clase media, sin prosapia, ni pergaminos, proveniente del medio burocrático —su padre fue un oscuro funcionario bajo Turbay y Belisario— pero que carece de criterio propio y de sindéresis.

Se ideó una estratagema, probablemente exitosa, consistente en poner al títere a decir una cosa, mientras él lo desautoriza en público y plantea lo contrario. El resultado es que, mientras el presidentico, así con minúscula, decide algo, el Presidente Uribe (así con mayúscula) determina lo contrario.

En materia de política exterior, por ejemplo, se condena la represión, el hambre, el autoritarismo del actual gobierno venezolano, al tiempo que pordioseramente reclamamos ayuda de la comunidad internacional para atender a los refugiados que provienen de ese país.

Pero desvergonzadamente se recibe con honores al Presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, se lo pasea por todas partes, pese a ser el titular de un régimen autoritario, corrupto y represivo que ha forzado a muchos de sus compatriotas hondureños a emigrar hacia Estados Unidos, donde se les espera con bala y represión.

El presidentico se abraza con el tirano Juan Orlando Hernández, pero le hace el mandado a su titiritero denunciando a Nicolás Maduro en la Corte Penal Internacional.

Entre tanto, el cuestionado y cuestionable ministro de los Bonos del Agua, cocina una reforma tributaria característica de la escuela neoliberal a la que pertenece, con la cual se amplía la base de tributación a un número mayor de ciudadanos de bajos ingresos, para poder recortarles los impuestos a los grandes empresarios y propietarios, en desarrollo de un evidente propósito de socializar la pobreza y privatizar más la riqueza.

El ventrílocuo sale a la palestra a decir que no está de acuerdo con que se graven los productos de la canasta familiar y que su partido no apoya esa propuesta, como si el gobernante no fuera precisamente de su partido.

Por demás, el gobierno actual tendrá que resolver pronto el asunto de las precarias condiciones en que se encuentran las universidades públicas, a las que les ha tirado migajas, sin afrontar de verdad el problema. Por si fuera poco los maestros agrupados en Fecode, los servidores judiciales y de la salud, entre otros, han anunciado la posibilidad de encabezar un paro nacional. Lo malo es que no se sabe, como en aquella película de Leslie Nielsen, dónde está el piloto.

O sea, no es como en pasado, ahora NO HAY PRESIDENTE. Quien habita la Casa de Nariño no es más que un simple muñeco. Una marioneta. Un títere. Que es manejado a control remoto desde el establo de una finca en la vereda Llanogrande del municipio de Rionegro.

Y lo ponen a recorrer al país, en unos “talleres”, que no son más que la copia de los Consejos Comunales, en los cuales el pelele da la cara, aunque quien decide, planifica y ordena la vida política, económica y, sobre todo, fiscal, de la patria es otro.

Lo pintoresco es que ninguno de los dos siente vergüenza. El manipulado, porque parece tener la sangre de gusano que no lo faculta a sentirla. Y el manipulador, porque está acostumbrado al nefando juego.

Y a todas estas, Usted, querido ciudadano lector, ¿Qué opina? ¿Qué siente cuando le forman una farsa de esa naturaleza y se burlan de Usted?

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Armando López Upegui
Historiador, Abogado, Docente universitario y Maestro en Ciencia política.