A la luz de la sombra

Ella, una mujer inteligente y bondadosa con golpes crudos del pasado, se enfrentaba con una bestia que por desgracia tenía a la muerte cerca.

Narra - Narrativo

2018-09-25

A la luz de la sombra

—¡Tráeme agua!— Gritó, como solía hacerlo cuando sus demonios se daban a la fuga, con una voz imponente y escupitajos de rabia que desdibujaron mi coraje y agrandaron mi impotencia. Humillada y cabizbaja lo hice, asumí un papel en medio de la incertidumbre, me dediqué a amansar los demonios y a obedecer, así que caminé hacia la cocina; el espacio ruin parecía estar adecuado para la escena.

Pisé baldosas rotas, el ambiente conservaba el olor de la humedad en las paredes transcurrida una temporada fuerte de lluvia, propia de los primeros meses del año. Hacía un calor desesperante en el lugar que se había apoderado de un apartamento de no más de 150 metros en el centro de la ciudad.

Yo, tenía quince años y solo quería salir corriendo, miraba hacia la puerta de salida, estaba cerca, pero me había consumido un sentimiento desconocido que me obligaba a presenciar la escena, mi pulso se había disparado y la adrenalina circulaba como una bala por todo mi cuerpo. Había optado por una postura complaciente, no me atrevía a jugar el juego de la bestia, un hombre de contextura gruesa con una personalidad dominante y de quien conocía sus alcances cuando quería hacer daño. 

Entonces, volví con su pedido, decidí servirle el agua en un vaso de aluminio que encontré en la cocina donde solo había trastes sucios que acabábamos de usar en la cena. Eran más o menos las siete de la noche y yo únicamente pensaba en que el tiempo sería controlado por la bestia, el día terminaría solo hasta que su furia alcanzara el éxtasis y luego, se iría como siempre, después del caos.

Él, tomó el vaso y tiró el agua justo en el rostro de una mujer con quien discutía y lanzaba gritos tan atroces como la miseria de la escena misma; ella estaba en un rincón de la habitación y yo, en otra esquina, atónita y destrozada, queriendo apagar un fuego que no había encendido, pero que ineludiblemente me quemaba.

La bestia era un hombre de quien sé muy poco o mejor, prefiero recordar casi nada. En ese momento su apariencia revelaba 50 años aproximadamente. Provenía de una región donde había recibido una crianza bajo la idea de “la letra con sangre entra” y “los machitos no lloran”, parecían mitos en plena época del dos mil, pero entendí que ese era su pasado y a lo mejor la razón de su venganza en el presente.

Conocí a dos de sus hermanos, ambos me inspiraban la misma desconfianza y repudio, como él. Era padre de tres hijos, uno de ellos murió joven por un aneurisma cerebral. Había dedicado su vida a ser comerciante, se caracterizaba por ser una persona correcta, justa, bastante respetado en su círculo social.

Era un líder por naturaleza, con una capacidad para la oratoria impecable. Para mí, un acertijo, una paradoja, dos caras de una moneda en el mismo cuerpo.

Por otra parte, la mujer que se escondía en el rincón de la habitación era una maestra de primaria, se había dedicado a enseñar a leer desde muy joven y escribía poemas que guardaba entre sus cuadernos de enseñanza. Había crecido en el seno de una familia totalmente matriarcal y severa. Ella, una mujer inteligente y bondadosa, pero con golpes crudos del pasado, se enfrentaba ese día con una bestia que por desgracia tenía a la muerte cerca, esa muerte en vida, que no es la que acaba con la vida misma, sino con el amor por ella, donde se pierde el sentido porque la batalla se va perdiendo, sin más arsenal.

La noche terminó como tantas otras para mí, cansada de asumir un papel en la historia para el que nadie quisiera hacer casting, con la incertidumbre del regreso inesperado de la bestia. Vulnerable, asqueada de la crueldad del ser humano, aferrada a mi propia existencia y a lo folclórico que podría parecer esperar un milagro de despertar al día siguiente en otro lugar, en otra historia menos infortunada, con otro rol y otra máscara, o simplemente, ser parte del público dedicado a la crítica, sin involucrarse y elaborando conjeturas al azar, desde la comodidad de lo ajeno.

Pasaron dos años de calma aparente sin la presencia de la bestia, pero observando a la mujer en la sombra. De este lado, parecía haberse opacado todo a su alrededor, ella había diseñado una maraña de miedos en la soledad, hasta convertirlos en una verdad absoluta que la impulsaba al facilismo de revivir la escena en lugar de renunciar y soltar a su adversario.

La mujer continuó y yo seguía de su lado, aunque inmóvil y sin ganas, hasta que sentí de cerca a los demonios de la bestia nuevamente y preferí gritar esta vez. Ese día, el calor golpeaba como de costumbre en la ciudad, pero el sol parecía regalarme toda su energía para darle volumen a la sombra y así, sin ser mi escena, tampoco mi papel, dejé que los golpes los recibiera yo, fascinada ante la idea de que, si habría de lamentarme esa noche, sería por haber arriesgado mis fichas en el tablero y no porque le apostaba al perdedor una vez más. Entonces, la impotencia, que ya no podía servirme de escudera se convirtió en coraje y en el fin de una novela lúgubre para aquella mujer.

La escena había quedado en total calma: una paz distinta podía sentirse en el ambiente. Yo había trastornado el desenlace de esta historia, había desbaratado el juego de la bestia que, hasta entonces, era un ser totalmente ajeno. Y aunque su estrategia no fue otra que su furia contra mí, los protagonistas de esta historia habían sido testigos del alcance de su dolor todos estos años.

Como si fuera su espejo, les regalé un reflejo del dolor que no se alcanza a percibir porque ni el ruido de los gritos, ni la cicatriz de los golpes, son suficientes para frenar una guerra.

Diecisiete años después la mujer me vio nacer por segunda vez, supongo que le di vida para cerrar el drama de una historia que no merecía y, como suplicándole que me concediera el honor de existir nuevamente, dejé de ser su sombra, y la bestia su protagonista.

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Melina Moncada
Psicóloga, pero no lo estoy analizando.