Volver

Cuando los jurados comenzaron a contar corroboré mis predicciones, en las tres mesas que me fueron asignadas, Duque quintuplicaba la votación de Petro.

Narra - Narrativo

2018-06-20

Volver

Pero el viajero que huye
Tarde o temprano detiene su andar
Y aunque el olvido, que todo destruye
Haya matado mi vieja ilusión
Guardo escondida una esperanza humilde
Que es toda la fortuna de mi corazón.

 

Eran las 4 de la tarde y estaba a punto de comenzar el momento crucial de una jornada electoral que había transcurrido con normalidad, más allá de uno u otro incidente en las mesas de votación. Como testigo electoral debía estar pendiente particularmente, del preconteo de las mesas 1, 2 y 3 del segundo puesto de votación más grande de Bogotá, Unicentro.

Bastaba con presenciar el conteo de votos de estas mesas y tomar foto a los formularios E-14, en donde se digitaban los resultados. No me hacía muchas ilusiones de los resultados de estas tres mesas, dado que además de que allí votaba gente de la tercera edad, el puesto de votación era uno de los más conservadores de la ciudad. Mientras que en la primera vuelta Gustavo Petro ganó en todo el sur de Bogotá, la única localidad en que ganó Iván Duque fue Usaquén, cuyo principal puesto de votación es precisamente Unicentro, en donde en su gran mayoría votan personas de estrato 4, 5 y 6.

Cuando los jurados comenzaron a contar, corroboré mis predicciones, en las tres mesas que me fueron asignadas, Duque quintuplicaba la votación de Petro. Esto no me amilanaba, mis esperanzas estaban puestas en lo que sucedía en el resto del país. Jamás había sentido tan cerca la posibilidad de derrotar a la clase política colombiana. A diferencia de anteriores elecciones, la disputa no estaba entre los partidos tradicionales, sino que una candidatura de las gentes sencillas se había logrado posicionar en el ajedrez político. Los inconformes y los olvidados se vieron representados en un candidato que puso a la vida como bandera y se hacía vocero de sus demandas.

Podrán darse cuenta, entonces, que me hallaba en terreno adverso. Al finalizar el preconteo de mis mesas, inmediatamente acudí a las mesas que no tenían acompañamiento y en donde aún no habían terminado de contar. Me acerqué a la mesa número 8 y, al finalizar, pasé a la número 9, en donde los jurados de votación tenían un radio en el que seguían los resultados de las mesas en las que ya había finalizado el escrutinio.

En ese momento éramos 6 jurados de votación, 3 testigos de la campaña de Iván Duque y yo, quienes mientras terminaban de contar los votos de la mesa, seguíamos atentamente los resultados que anunciaban en la radio. Yo no podía escuchar bien, pero en los rostros de los jurados había una expresión de júbilo que medianamente contenían, entre ellos se decían que ya no había vuelta atrás, que ya había una tendencia.

Pronto, empecé a escuchar pitos en las calles y en el parqueadero del Centro Comercial, la gente salía en sus camionetas festejando la victoria. Finalmente, una jurado alzó la voz, y alegremente nos dio la noticia: Duque le ganaba por más de 10 puntos porcentuales a Petro, después del 68% de mesas escrutadas. Fue como un balde de agua fría del que aún no me repongo, no podía hacer más que guardar silencio y escuchar con resignación, cómo los testigos de la campaña de Duque le daban las gracias a Dios y decían —¡Por lo menos nos aseguramos que dentro de 4 años habrá elecciones!—, mientras que otra jurado se quejaba de que hubieran realizado la segunda vuelta, pues se sabía que Duque iba a ganar.

Mientras el resto sonreía, yo era el único que se lamentaba, estaba a punto de irme sin que hubieran terminado de contar ¡Ya para qué! Pero saqué fuerzas a pesar de tener el corazón roto y, finalmente, decidí no hacerlo. Esperé a que terminaran, tomé la respectiva foto y me fui caminando hacia donde mi novia, que también había servido de testigo electoral, y me aguardaba a unas pocas mesas de distancia.

Su mirada era una mezcla de resignación, amor y nostalgia, jamás le había visto esa mirada. La tomé de la mano y juntos caminamos unos 100 metros hacia la salida del puesto de votación, mientras gente en camiseta naranja saltaba y gritaba ¡Democracia! ¡Democracia! ¡Democracia!

Durante todo el camino mantuve la frente en alto, los miraba fijamente a los ojos, debo confesar que con rencor, pero también con lástima. De repente, de una manera magistral y para hacer más que digna esta derrota, vino inconscientemente a mi cabeza un tango de Gardel, VOLVER.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Daniel González
Politólogo de la Universidad del Rosario y Activista por la Paz.