Viviendo la Aporofobia (fobia a los pobres)

Puede estimarse que tantas fobias son producto de una sociedad cada vez más neurótica y paranoica, lo cual es comprensible si se asume que somos una generación que heredó el inexorable espasmo de la guerra.

 

Opina - Política

2018-01-25

Viviendo la Aporofobia (fobia a los pobres)

La parte de la humanidad que no conoce el hambre

tiene en su poder la pobreza del mundo

Alejandro Lanús

 

Ciertas falanges de la psicología y de la psiquiatría tienden a atribuirle a los fenómenos del comportamiento humano -incluso animal- ciertas denominaciones que, más allá de que algunos avalen o no esta tendencia, declaran que el hecho de nombrar es una forma absoluta de dar vida; por un lado, la medicina ha podido ahondar en la prevención y la curación de las enfermedades gracias, entre otros factores, a la designación patológica de las mismas.

En compenetración con esto, cada vez más se van legitimando fobias: la somnifobia o temor a quedarse dormido; la dendrofobia, aquella aversión a los árboles (esta se volvió pandémica, gracias a la política del cemento). De otro lado, quienes huyen enfermizamente a los payasos no tenían un lugar en el mundo hasta que se nombró la coulrofobia (yo me declaro coulrofílico, aunque no precisamente por ‘It’ -la versión antigua-); incluso, como si fuera poco, surgió la tripofobia, una reticencia rara por los agujeros pequeños… sin palabras…

Puede estimarse que tantas fobias son producto de una sociedad cada vez más neurótica y paranoica, lo cual es comprensible si se asume que somos una generación que heredó el inexorable espasmo de la guerra.

Si usted piensa que las anteriores fobias son extrañas, es porque, en efecto, la condición humana puede serlo; pero si aún no logró sorprenderlo al enunciar las anteriores ‘patologías’, permítame abrirle el telón a la fobia más sorprendente, aunque, peculiarmente, es la más común y contagiosa: la aporofobia.

Si ya la conocía, bien, es válido entonces recalcar ciertas apreciaciones al respecto que podrán confrontarse o complementarse con las suyas. Proviene del griego άπορος (áporos), ‘pobre’; y φόβος, (fobos), y se refiere a esa aversión a los pobres, y fue acuñada en los noventa por la filósofa española Adela Cortina, según apunta el portal de español urgente ‘Fundéu’, el cual, a su vez, dictaminó el concepto como “la palabra del 2017”.

Es más que una mera discusión gramatical el hecho de que se le tenga fobia a los pobres y no explícitamente al concepto macro de la pobreza, en tanto este alberga un plano sistemático y paradigmático que nos compete a todos; en esta secuencia, aquellos a quienes consideramos ‘pobres’ (personas en situación de calle, de bajos recursos y, en ciertos casos, en condición vulnerable) forman parte de ese canon.

Ahora bien, ¿quiénes, en un sentido estricto y abarcador, pertenecemos o pertenecen a ese plano de la pobreza?; podría decirse que en esta influimos todos como sociedad, ya sea en nuestro rol de pertenencia a dicho plano de carencias o como actores que contribuyen a que la brecha entre ‘pobreza’ y ‘riqueza’ sea cada vez más amplia.

En este orden de ideas, la pobreza suele asociarse al concepto económico y, más precisamente, a la escasez de recursos; sin embargo, la vaina es más compleja, pues la riqueza de un Estado no siempre se mide en la cantidad de recursos que alberga, sino en el manejo que da a los mismos.

Desgraciadamente, la voracidad de varios actores del poder ha demostrado que la fijación en el beneficio propio engendra más importancia que el bien común, y es la revalidación de la democracia, influyente en todas las esferas del Estado (entendiéndose al pueblo como parte indivisible de este), para que ‘Juan Pueblo’, a la vez de tener la potestad de elegir, asuma la de sancionar, reflexionar y consolidar una propuesta que beneficie al colectivo.

El neoliberalismo ha enraizado el concepto de ‘calidad de vida’, que puede entenderse, como mencionó Eduardo Galeano, en su ‘Derecho al delirio’, como la “cantidad de consumo” y que se compenetra con aquella sentencia epicureísta de, en vez de pretender mucho, es mejor necesitar poco; infortunadamente, cada vez más, uno vale por lo que tiene, el dinero dejó de ser un medio para convertirse en un fin y se suele pensar más en adquirir que en ayudar.

No se trata de que haya un modelo económico ideal para todas las sociedades, sino uno aplicable a las demandas de cada una de estas. Los índices de pobreza suelen explicitar tasas en términos como la inflación y el desempleo, y, aunque no es para menos tal preocupación, se nos ha olvidado pensar la pobreza desde lo paradigmático, de un modo más horizontal, y analizar sociológica y antropológicamente en qué se ha fallado.

La pobreza se debe medir -por hippie que parezca- en el vivir y no en el consumir, en términos de autonomía y plenitud, de aplicabilidad y no desde aquel totalitarismo y verticalidad que nos divide; los ‘pobres’ o ‘nadies’ (como diría Galeano) son aquellos que vivencian el resultado esquemático de una lacra histórica; y quienes, supuestamente, salen de ese huso de pobreza pueden caer en la mirada vertical (que no siempre es mala), cuyos hijos son el arribismo y la corrupción; o bien, en la horizontalidad, la que nos previene de la indiferencia frente al otro.

En consecuencia, hay un grado 1 de aporofobia que surge de un desconocimiento de la otredad, y un segundo grado que desemboca como resultado del primero, la aporofobia hacia nosotros mismos.

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Manuel Felipe Álvarez-Galeano
Filólogo hispanista, por la Universidad de Antioquia; máster en Literatura Española e Hispanoamerica, por la Universitat de Barcelona. Aprendiz de escritor, traductor, corrector y conferencista. Estudiante del doctorado en Estudios Sociales de América Latina, en la Universidad de Córdoba, Argentina. Docente de lengua y literatura, de lenguas clásicas y romances, y de estudios sociales. Ha publicado los libros El carnaval del olvido, en Málaga, España (2013); Recuerdos de María Celeste, en Medellín (2002), y la novela El lector de círculos, en Chiclayo, Perú (2015).