Venezuela, la nueva Siria de América Latina

¿Estaremos condenados los pueblos latinoamericanos a padecer de carencia de criterio y potestad sobre nuestra pertenencia, hasta el punto de tener que acudir siempre a la regurgitación bélica, económica y al arbitrio supremacista de las potencias internacionales?

Opina - Política

2019-01-31

Venezuela, la nueva Siria de América Latina

Colombia, la Siria de hace algunos años

Hace apenas unos años Colombia era la Siria de América Latina: un país devastado por la guerra, intervenido militarmente en instancias absurdas por países extranjeros; un país reclutado y enfilado con rumbo hacia la miseria; potencias mundiales abominablemente hambrientas de territorio y posicionamiento político; armas, muertos, víctimas, atrocidades de lado y lado.

Hace muchos años la Unión Soviética financió con armamento a las Farc para que le hiciera contrapeso al Ejército de Colombia, que a su vez, también fue “financiado” (aunque tiempo después) por Estados Unidos, con armamento, personal, asesoramiento y demás estupideces que requiere la guerra.

Las comillas en esa “financiación” son más que necesarias: se deben a que Estados Unidos nos prestó dinero —MUCHO para ser sinceros— para que luego les compráramos a ellos mismos todos los artefactos que ‘necesitábamos’ para la batalla.

Curiosamente, entre tantas cosas adquiridas, destacan especialmente aquellos componentes bélicos antiguos, desmadejados, en desuso; que fueron el vestigio de una derrota en la guerra de Vietnam por allá en los 70’s y que muchas veces fallaban en la ejecución, suponiendo un peligro mortal para los soldados colombianos que los utilizaban.

Bajo diversos esquemas de gobierno, se fue ampliado la permisividad que se tenía con las potencias externas en el conflicto armado, pero no en función de la pacificación (como sí sucedió con el proceso final de paz con las Farc), sino desde el arremetimiento bélico.

Llegaron a Colombia bases militares estadounidenses, se instalaron pilotos también extranjeros en nuestras bases nacionales; estrategias como la aspersión aérea y la contratación de mercenarios, con el objetivo de mitigar la ampliación territorial de los grupos al margen de la ley, fueron peripecias copiadas de la gran patria del mundo, y quién sabe, quizás aconsejadas por sus mismos gobiernos, (entre los que destacan el de George W. Bush y Bill Clinton).

El tráfico de armas de la guerrilla y su constante ataque sistemático a civiles, abrió paso a que se continuara nutriendo el odio y se sodomizaran nuestros gobiernos hacia el gurú de la paz mundial. Colombia era la Siria de Latinoamérica, porque su guerra no era propia, era impuesta bajo fines político-económicos globales y parecía no tener fin visible.

El Ejército Nacional de Colombia ya no era un ejército nacional, sus jerarquías y organización estratégica ya no obedecían al Estado ni se agrupaban o abanderaban bajo una misma consigna. La organización constaba de divisiones independientes provenientes del exterior que no obedecían (y no tenían por qué) al gobierno.

Y tampoco era un ejército de Colombia, en sus filas se camuflaban gringos, soldados extranjeros tercerizados a través de contratos inestables y confusos con empresas de la guerra también foráneas: en el año 2006, después de Iraq, Colombia era el lugar del mundo donde se movía un mayor número de mercenarios a sueldo del pentágono y del Departamento de Estado1.

Después se volcarían los papeles: seríamos nosotros quienes exportaríamos a nuestros hijos, hermanos, padres, colombianos, a las guerras del extranjero como si fuesen pequeños hombrecillos de juguete, objetos canjeables, valores de gobierno permutables, muñecos de tamaño normal que disparan, simples productos maquinizados de producción y exportación en masa; como si se estuviera adquiriendo comida, como si la vida pudiera comprarse con el fin de generar más muerte.

Así fue, ¡Colombia un orgullo! Al ser el más grande país exportador de… ¿hombres que mataban a otros hombres bajo emblemas de países que ni siquiera conocían?

Soldados arriesgando sus vidas por una patria ajena en Irak, Afganistán, Emiratos Árabes, entre otros, harían las veces de asesinos a sueldo de Estados Unidos. Su base militar era un espacio multicultural: habían soldados europeos, latinos, gringos… Pero el sueldo más bajo era el suyo: ¡claro!, eran colombianos. El contrato había sido un golpe bajo en la necesidad y la ambición humana que se vive en el país más quimérico y ciego del mundo.

El panorama utópico y, hasta burlesco, de un país que tiene un territorio estratégico con infinidad de fauna, flora, biodiversidad, recursos no renovables, gente talentosa, costas, montañas, planicies y cualesquier cosa que pueda imaginarse; se encrudece con la ambición de a quien poco puede ofrecerle su territorio.

La humanidad se ha visto en la obligación de penetrar sobre estas tierras para sanear su cochino consumismo insaciable. Aquellos tesoros naturales vírgenes casi extintos lloran cuando escuchan los nombres de las potencias pronunciarse.

La guerra colombiana durante muchos años fue perpetuada bajo intereses externos que nos obligaron a palidecer y arrodillarnos entre políticas intervencionistas manchadas de violencia, víctimas, lágrimas e imploraciones en lenguas Wayúu y acentos chocoanos. Colosales cicatrices que nunca podremos borrar de nuestros cuerpos maltratados y engañados.

Siria, en resumidas esencias

En el conflicto sirio existe una cortina mediática que divide la catástrofe principalmente en dos grupos bien demarcados: por un lado, se encuentra Bashar al-Ásad con las Fuerzas Armadas de Siria (FAS); y por el otro, el Ejercito Libre de Siria (ELS).

Pero tras bambalinas el cuento es mucho más extenso, complicado, corrupto. Es incluso difícil determinar la razón por la que se pelea en el territorio, habiendo tantos intereses transgredidos, intercambiados, traicionados; y tantos bandos que de la misma forma se voltean como una arma de doble filo, cuando en el plano mundial surgen nuevas necesidades. Esa guerra ya no es una masacre, se ha transformado en una mentira que padecen millones de inocentes.

China, Rusia e Irán, asegurando que la primavera árabe no había traído beneficios al continente asiático, comenzaron a apoyar a Bashar Al-Assad. Le otorgaron armas y, por supuesto, soldados.

Del otro lado, con Estados Unidos liderando, hay alrededor de 30 países implicados directa o indirectamente, en secreto o públicamente, con intereses diversos, extensos, macabros, y con pocas ganas de alejarse del territorio. Naciones con mucha experiencia en estos asuntos como Reino Unido y Francia, hacen parte de la extensa lista.

Decenas de hipótesis se formaron en torno al conflicto, pero la más cruel sin duda, fue aquella que anunciaba al Ejército Libre Sirio como un núcleo de alianza con Al-Qaeda.

Evidencias audiovisuales y escritas de formatos creados originalmente por el mismo ELS sostenían la teoría. ¿No fue Al-Qaeda la agrupación terrorista que derrumbó las Torres Gemelas en el 2001? ¿Cómo podía Estados Unidos servir y usar a un grupo terrorista bajo el pretexto libertario de una nación? ¿Era la libertad de Siria el único interés para arriesgarse de esa manera?

Entre ambas tropas al margen en realidad no se pudieron encontrar diferencias sustanciales, algunos dijeron: ‘es el mismo grupo con dos filos de diferente utilización’, aunque usado por el mismo experto, agregaría yo.

Venezuela, carencia de autodeterminación

Ahora el turno es del país bolivariano. Un pueblo en constante éxodo, desmembrado, aislado, sucumbido, deja caer en el pensamiento de su gente que la solución más viable de sus ignominias reposa en la patria que ha intervenido y derrocado a alrededor de 50 gobiernos en su historia. ¿Es acaso la actualidad de esos países mejor que su pasado no intervenido?

¿Estaremos condenados los pueblos latinoamericanos a padecer de carencia de criterio y potestad sobre nuestra pertenencia hasta el punto de tener que acudir siempre a la regurgitación bélica, económica y al arbitrio supremacista de las potencias internacionales?

El mismo juego de poderes que ha llorado Siria durante tantos años empieza a ganar popularidad en Venezuela. El ejército y las castas políticas se dividen. Un lado de la globalidad se inclina hacia el gobierno y el otro hacia la resistencia. Cada uno de ellos tiene sus intereses individuales: ninguno piensa en la calidad de vida y libertad de Venezuela.

El territorio puede servir como sede de una disputa más que no afectará en nada a las potencias participantes, pero que acabará con la infraestructura y estructura social venezolana para que, una vez terminado el conflicto, tenga que adherirse a un préstamo magnánimo y cuasi vitalicio que ligue su soberanía para el resto de su vida con la potencia ganadora.

Se vaciarán aún más sus confines, se afectarán aún más sus vecinos, se explotará aún más a su gente. ¿Es la guerra la solución que encuentra el ser humano tras miles de años de vida aprovechándose del tesoro de la existencia que le otorga este planeta? No somos entonces dignos de vivir más tiempo, para prolongar estas ideologías de muerte y destrucción.

  1. Libro: Nuestra guerra ajena, Germán Castro Caycedo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Hernán Muriel Pérez
Comunicador social - Periodista, Redactor-Editor, Fundador de Cofradía para el cambio - Copec