¿Toda la hiperinflación, incluso en Argentina, es obra del castrochavismo?

No escuchemos los cantos de sirena, hay que tener cuidado con la trampa de los demonios discursivos, porque podrían engullirnos.

Opina - Sociedad

2018-09-11

¿Toda la hiperinflación, incluso en Argentina, es obra del castrochavismo?

Colombia es tal vez el país latinoamericano que más se ha visto afectado por la migración venezolana y, por tanto, puede dar un testimonio de primera mano sobre la penosa situación que viven las personas de ese país en nuestras calles, de las carencias que pasan y de cómo en el momento no damos abasto ante una afluencia masiva de extranjeros que la sociedad colombiana nunca había experimentado.

Ellos en su mayoría ya no cuentan su historia, pues asumen que nosotros conocemos la situación por la que se pasa en Venezuela y quienes se atreven a contárnosla hablan de billetes que no sirven para nada, de precios estrambóticos y salarios mínimos que alcanzan para comprar naderías, y casi ni para eso.

Entonces, la sociedad colombiana recibe los ecos de la situación explicándose que el estrepitoso fracaso económico que se vive en Venezuela es producto de la estupidez de Nicolás Maduro, el dictador venezolano, que ha entrado en el imaginario colectivo como un monigote con visos de payaso y de asesino, un hombre totalmente incapacitado para el gobierno, que nada en su ignorancia y su incultura; para los más agudos, es un títere de los militares e incluso de Diosdado Cabello.

Luego, y no sin cierta compasión que se justifica al tenor de las carencias materiales evidentes de los venezolanos recién llegados y de muchos otros que sufren la vida en Colombia, se extiende la mano para proveerles de monedas, limosnas siempre insuficientes, caridades muy cristianas, porque aquí la mayoría de la población sigue siendo creyente, pero que a la larga son socialmente irrelevantes.

De acuerdo con lo anterior, surge la necesidad de llamar las cosas como son. En el momento actual, Colombia se enfrenta ante una crisis migratoria impresionante ante la que es muy difícil —y muy poco recomendable— ser indiferente cuando la alternativa a ello es la xenofobia, pero la acción del Estado aún en su buena intención se queda corta, y es que no es sencillo atender con éxito a una población que llega tan de golpe y en tan grandes cantidades.

Para el caso venezolano, más allá del régimen autoritario de Maduro lo que sucede se llama hiperinflación y a diferencia de lo que se podría pensar en el seno de la sociedad colombiana, no es endémica del “Socialismo del siglo XXI” o lo que sea que de él quede, pues ni Ecuador ni Bolivia han tenido problemas similares y, en cambio, otros países con gobiernos de derecha sí se han visto presa de semejante caos.

La aclaración es pertinente porque en el contexto en el que se vive en Colombia, y con la cultura política perversa que impera entre sus casi ciudadanos —ya lo vimos, de nuevo, el 27 de agosto— hay sectores políticos que sin duda aprovecharán la confusión que reina frente a lo que sucede en Venezuela y se escudarán en supuestos datos empíricos —a saber, el clamor del venezolano en nuestras calles— para así apuntalar discursos que a la larga estarán emparentados con el de Maduro por la vía del autoritarismo y sus hambres represoras, destructoras de lo diferente.

Y es que la problemática que sufren los venezolanos se convierte en proclama fundamental, arma para el ensalzamiento de las posturas más conservadoras y retardatarias en países como Colombia.

De hecho, el presidente Iván Duque ganó las elecciones con base al fantasma venezolano y las oscuras repercusiones de su crisis en la política nacional, de las que se legitimaría la represión de las facciones políticas más progresistas abanderándose siempre en el miedo a la debacle: “Vamos a volvernos como Venezuela”.

En suma, todo lo anterior significa que algunos opinadores y, en general la gente del común, toman la crisis externa, resignificándola de acuerdo a nuestro contexto y cultura política particulares para así conseguir explicar un fenómeno que en realidad resulta más complejo y cuyas aristas no son fácilmente discernibles.

Por eso, este artículo le propone al lector hacer una pequeña revisión a otros casos de hiperinflación, de forma que puedan separarse los demonios discursivos imaginados por algunos líderes políticos colombianos —de cuyos nombres quisiera mejor no acordarme— de las realidades económicas complejas por las que han tenido que pasar varios pueblos cuando el valor del dinero disminuye y el poder adquisitivo de las personas se ve reducido a cero.

Es pertinente iniciar esta revista con el caso alemán, sí, Alemania, tierra de las ideas y de la civilización, que pasó por una situación similar, y su gobierno no era ni parecido al de Maduro, era una socialdemocracia bastante moderada, que en 1923 tuvo que afrontar una tremenda crisis económica que llevó a los alemanes masivamente a las calles, mientras cundía el desempleo y no se podía comprar ni el periódico, pues un mes de salario no bastaba para adquirirlo.

La impetuosa caída del marco alemán fue atribuida a los onerosos pagos que el Estado alemán tenía que girarle a Francia como indemnización por su parte en la I Guerra mundial, la hecatombe hirió de muerte ya desde muy temprano a la naciente república y al cabo de diez años, el régimen constitucional había caído y el nacionalsocialismo se tomaba al conjunto de las instituciones.

La hiperinflación más alta que se haya visto hasta el momento la sufrió Hungría, en 1946, cuando todavía no había sido sometida al comunismo soviético, llegando las denominaciones monetarias en esa ocasión hasta el trillón y el problema solo pudo solucionarse cuando el gobierno reemplazó al pengo, la moneda de ese entonces, con el florín, que tenía un valor de cambio distinto y pudo sostenerse lo suficientemente estable como para salir avante de la crisis.

Un tercer caso es el de Zimbabue en donde la hiperinflación abrumó tanto al Estado que este simplemente dejó de emitir papel moneda, reglando los intercambios en dólares estadounidenses y rands sudafricanos. Situación que en parte sigue vigente hoy en día pues el dólar zimbabuense carece de valor adquisitivo.

Sin embargo, los casos más cercanos para América Latina son los de Brasil, Perú y Argentina, siendo este último el país que tal vez haya padecido quebrantos económicos de mayor calado.

Es que la economía argentina ha sufrido importantes descalabros, como el de El corralito de 2001, pero en materia hiperinflacionaria es importante resaltar la devaluación del austral al final de los años 80, que llevó al país a la crisis política y precipitó la renuncia del presidente Alfonsín y el arribo prematuro de Carlos Menem, en 1989, que de todas maneras ya había sido elegido como sucesor del dimitido exmandatario y prometía acabar con el problema, del que se ocuparía a través de la ley de convertibilidad de 1992, que anclaría el valor de la moneda argentina a la del dólar estadounidense.

En cuanto al caso brasileño, igual que en Argentina fue necesaria la elaboración de un plan que regulara la moneda, en este caso el Plan Real, implementado por Fernando Henrique Cardoso como ministro de economía y luego como presidente, que permitió el salvamento parcial de la economía brasileña a través del cambio monetario desde el devaluado cruzeiro al real que se usa actualmente.

En este caso, las medidas que solucionarían la hiperinflación se vieron implementadas junto a muchas otras que buscaban privatizar empresas tan importantes como Petrobras, igual que Menem, siguiendo al credo neoliberal que se tomó la economía latinoamericana desde el final de los años 80.

Pero las medidas de este corte, sin embargo, contribuyen al agrandamiento en la brecha entre los tenedores del gran capital y la gente del común —incluyendo a la clase media— por lo que sin duda, es necesario buscar medidas que consigan resolver el problema sin tener que imponer recetas regresivas.

En el caso venezolano, la hiperinflación se fue sazonando debido al impresionante déficit fiscal y al gasto excesivo en el sector público que ya en tiempos de Chávez era desmesurado, para luego acabar lentamente con la economía, desincentivando la inversión privada y generando una grave crisis de divisas, para luego provocar la crisis migratoria y el éxodo de millones de venezolanos que desengañados vagan por América Latina trabajando por salarios que a veces son excepcionalmente bajos, mientras desarrollan condiciones de verdadera miseria en los lugares a donde llegan.

Sí, seguramente el manejo que le han dado Maduro y sus asesores al problema, dista demasiado de ser adecuado. Sí, seguramente Hugo Chávez cometió también errores en materia económica y equivocó el criterio al haber designado a Maduro como su sucesor, acción que en sí misma ya significó un retroceso importante en lo relativo a la democracia, pero ellos no han inventado el fenómeno ni son los únicos que lo han sufrido, este tampoco es endémico de gobiernos que se salen de la ortodoxia económica o que no siguen los preceptos de la democracia liberal, o mejor, neoliberal.

Hoy explota la hiperinflación en Argentina ¿Será también obra del castrochavismo?

No escuchemos los cantos de sirena, hay que tener cuidado con la trampa de los demonios discursivos, porque podrían engullirnos.

 

Fotografía cortesía de Reuters.

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Andrés Santiago Bonilla
Politólogo de la UN. Énfasis en política internacional, Medio Oriente y Asia Pacífico. Amante de la escritura, lector voraz. Futuro periodista y analista político.