Mi vida con un trastorno mental

Y el ataque de pánico llegó así no más. Estaba fumándome un cigarrillo, entrando a la discoteca y me asaltó. Mi propia mente arremetió contra mí. Es extraño, ¿sabe? Uno no se imagina estas cosas hasta que las vive.

Narra - Emociones

2018-04-27

Mi vida con un trastorno mental

Bueno, quizá no estoy siendo lo suficientemente específica. A las 00:00 del lunes festivo, 3 de julio de 2017, mi vida dio un vuelco y empezó de nuevo. En ese momento, yo llevaba un día y medio sin comer, por puro capricho. Y no imaginaba todo lo que estaba a punto de vivir.

La cosa fue sencilla: El lunes festivo a las 00:00, se me bajó el azúcar entrando a la discoteca. Bueno, es mejor contar bien cómo fue todo. Cuando tuve el shock insulínico (otro nombre para el bajón) y me sacaron del lugar dando tumbos, yo estaba muy sorprendida. Pues, en mi irresponsable forma de vivir, siempre había confiado ciegamente en mi cuerpo y ahora lo desconocía. Me había mareado, me habían cosquilleado las manos, había visto borroso y no había podido mantenerme en pie, claro, hasta que comí algo.

Por supuesto que sospechaba que todo se debía a mi falta de consciencia y al hecho de no haberme alimentado en tanto tiempo. Pero, en ese momento, yo no tenía certeza de nada. Le pedí a una amiga que me llevara a mi casa y en el trayecto, el cosquilleo volvió y el pánico se apoderó de mí. “¿Y si no es un bajón de azúcar? ¿Y si me va a dar un infarto? ¿Y si me voy a morir?”. Terminé entrando a Urgencias, gritando: “¡Ayúdenme, por favor! ¡No sé qué me pasa! ¡Auxilio!” y tras examinarme, me dijeron: “Usted está bien, no tiene nada. Solo está experimentando un ataque de pánico”.

Al escuchar eso, solo pensé en una vecina que había experimentado lo mismo. Ella era mi única referencia. Esa noche, en esa camilla, yo le daba vueltas y vueltas al asunto. Y aun sabiendo que, físicamente, no me pasaba nada; me costaba hasta hablar de lo que había sucedido. Y al volver a mi casa, empezó una de las experiencias de vida más intensas que he tenido hasta hoy, a menos de un mes de cumplir 30 años.

“Me pasó esto por no comer. Bien merecido lo tenía. Pero, estoy bien”, era lo que intentaba pensar. Sin embargo, la razón no le ganaba a la emoción y me invadía un inmenso y constante desasosiego. “¿Y si me vuelve a pasar? ¿Y si me vuelve a pasar?”. Me hice exámenes de sangre y hasta el azúcar me salió bueno. Entonces, “¿y si me vuelve a pasar?” se volvió: “¿Y si me da un infarto? ¿Y si tengo un aneurisma? ¿Y si me muero?”. En todo lugar, en todo momento. Mi corazón se aceleraba y la angustia se iba y volvía. Y así pasaba día tras día.

De nuevo intentaba razonar, buscaba información en internet y trataba de procesarla positivamente. Pero, bombeaba pensamientos catastróficos, imaginando que me desmoronaba en cualquier momento, en cualquier lugar. Y una noche me encontré llamando a mi servicio de salud, solicitando urgentemente que enviaran un psicólogo a mi casa. Y claro que eso no era posible. Sin embargo, ¿sabe algo? A pesar de los problemas que consideraba que había tenido antes, esta fue la primera vez que sentí que necesitaba ir a terapia.

El cuento con la ansiedad es que todos tenemos ansiedad, ya que está ligada al instinto. El cerebro responde con ella ante las situaciones de peligro. Nos ponemos en alerta y la adrenalina nos invade. Entonces, el corazón late rápido y necesitamos más oxígeno en los músculos de las piernas y brazos, para escapar o para luchar. De hecho, por esa razón, se le llama entrar en el “modo lucha-huida”.

Pero hay personas que mantienen los niveles de ansiedad y cortisol en el organismo constantemente altos. Lo cual es posible que se manifieste, por ejemplo, en preocupaciones constantes (muchas veces por cosas que ni han sucedido), fobias, tics, adicciones, etc. Y puede que, en un momento de angustia intensa, se les desborde; haciendo entrar al cerebro en alerta y como la respuesta de este ante el “peligro” es tan instintiva, se generan los síntomas propios de la supervivencia.

Y ya que, muchas veces, ese miedo es provocado por otro tipo de “amenazas” (como un asalto, un impacto emocional o en mi caso, un bajón de azúcar), al sentir lo que genera la adrenalina en el cuerpo, la persona se puede asustar más, generando más síntomas y espantándose aún más; ocasionando una infundamentada reacción en círculo, la cual es conocida como los mal llamadísimos “ataques de pánico” que, realmente, no son más que crisis de ansiedad. La ansiedad llevada al límite, nada más.

La crisis que experimenté aquella noche, generó en mí un Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG). Tenía miedo en situaciones muy específicas. Sabía, por ejemplo, que el cosquilleo en las manos no era más que la sangre pasando, mientras el oxígeno era enviado a los músculos de las piernas y de los brazos. Sabía que la adrenalina aceleraba el corazón. Sabía que era una respuesta de mi propio cuerpo y que era inofensiva y pasajera. Sabía que era un trastorno temporal. Pero necesité tiempo y documentación para asimilarlo de la mejor manera. Y las otras cinco crisis que generé, las manejé cada vez mejor.

La segunda, la experimenté en otra discoteca y me fui a mi casa. Después, aprendería que lo ideal es quedarse en el lugar y ver cómo los síntomas físicos de la ansiedad desaparecen, incluso, en cuestión de segundos. La tercera, fue viniendo de Pereira en un bus. Generé el cosquilleo, se puso intenso, me asusté, pregunté si había algún médico en el bus, me temblaron las manos. Pero, tras unos segundos, se suavizó y se fue. Y las últimas veces, fueron tan así, que mientras respiraba en una bolsa de papel, hasta conversaba.

Esto porque el Sistema Nervioso Simpático activa la alerta, pero el Parasimpático la desactiva al reconocer que no hay un peligro real. Y cuando una persona se asusta y respira aceleradamente, le confirma al cerebro que teme por algo. En cambio, si respira suavemente, envía un mensaje alentador y relajante. Así que, por ejemplo, cuando alguien hiperventila, solo genera más estrés en su cuerpo. La clave está en reconocer que los síntomas físicos de la ansiedad solo son respuestas del cerebro ante un supuesto peligro, enfocadas en la supervivencia. De manera que temerles no tiene sentido, ya que son inofensivas y pasajeras. Es solo miedo.

Por el TAG, experimenté palpitaciones, cosquilleos, impresión (falsa) de mareo, dilatación de pupila (“visión de águila” útil en momentos de peligro), desrealización (sensación de irrealidad), globo histérico (sensación de tener algo intangible en la garganta), hipocondría, pensamientos obsesivos catastróficos, costocondritis (dolor intenso en el pecho a causa de la dilatación del cartílago que une a las costillas con el esternón) y algunas descargas espontáneas de adrenalina.

Todo lo recorrí, ¿y sabe algo? No me pasó nada. Todo se resumió a la interpretación que le diera. Y sí, requiere trabajo y paciencia. Pero la única manera acertada de abordar a la ansiedad es aceptarla, conocerla y entenderla. Aparte porque no surge por nada. Los trastornos emocionales siempre tienen un trasfondo. Son como un grito de auxilio del ser, una voz que no ha sido escuchada y que, desde la propia conciencia, viene a pedir ayuda. Ayuda por uno mismo. Pues, al fin y al cabo, así es el instinto de superviencia, ¿no?

En mi caso, por ejemplo, desde la primera crisis que experimenté, empecé a comer mejor. Después dejé de fumar (tras 14 años) porque comprendí que era más el cargo de conciencia que me generaba, que la satisfacción. Comencé a hacer ejercicio porque es bueno para el cuerpo y para la mente. Me confesé, volví a misa y a medida que iba trabajando con mis pensamientos, todo se fue aclarando a mi alrededor y claro que la ansiedad fue bajando poco a poco.

Comprendí que no hay nada más valioso que la salud y, que sentirse bien, es un lujo, un regalo invaluable de la vida. Una persona sana tiene el mundo ganado y una que está en armonía con su cuerpo, su mente y sus emociones es un gladiador capaz de lo que quiera. Esto me acercó más a mí, a mis límites, mediante los cuales me logré conocer más. Nunca vi mi fuerza tan de cerca, como ahondando en mis emociones y nunca fui tan valiente, como cuando tuve miedo.

Es lindo despertarse en las mañanas realmente consciente de la suerte tan infinita que tenemos tan solo por seguir vivos y en pie y disfrutar… Disfrutar es casi un propósito de vida y siempre lo supe, pero ahora lo veo claramente hasta en lo más sencillo. Todo está en nosotros, en nuestra perspectiva.

El Trastorno de Ansiedad Generalizada ha sido como una rotonda que me ha hecho dar muchas vueltas antes de redireccionarme por donde debía ir. Y claro que le he puesto mucha energía y, sobre todo, mucho amor propio. Y vivo agradecida por este torbellino de emociones tan necesario por el que debía atravesar, por todo lo que cambió en mí y me hizo ganar. Y de hecho, no solo refiriéndome a los trastornos emocionales, resalto que la fuerza siempre emana del ser.

La mente es muy poderosa y solo hay que saberla direccionar hacia la mejora que buscamos, hacia nuestros sueños y hacia todas esas transformaciones que esperamos tener en nuestra vida. Cuando yo experimenté agorafobia, por ejemplo, ¿sabe qué hice? Fui a todo lo que me invitaron o tuve que ir, así fuera lejos o cerca, con o sin miedo. Pero me impuse retos y estoy segura de que realizarlos me hizo mucho bien.

Me subí en un taxi, en un Uber, en el MÍO, para ir tan lejos como fuera necesario y reeducar a mi pensar porque el viaje más grande lo estaba haciendo dentro de mí. De eso se trata y aquí estoy y aquí sigo, con el pensamiento puesto en mejorar cada día, en superar y, sobre todo, en desobedecerle a los miedos, que son el verdadero obstáculo hacia la felicidad.

 

 

Imagen cortesía de Psania.

 

( 6 ) Comentarios

  1. Excelente reflexiòn, muyapropiada para el momento que vivimos.

  2. Me encanta la comprensión que en este momento tiene de la ansiedad y la forma tan responsable como la ha enfrentado . La felicito por la fortaleza que Dios le ha dado para lograr sus objetivos aceptando y gozando con su realidad . Un abrazo

  3. A mi Lore guerrera te felicito

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Lorena Arana
Comunicadora Social - Periodista, poetisa de oficio y de alma. Sobreviviente de la ansiedad y voluntaria en una fundación en la que la han mordido los perros por los que trabaja. Ahí sigue. Vacunada contra el tétano, premiada en algunos concursos. Ha escrito en periódicos, revistas, antologías y portales web. Pero, lo que más la emociona es haber lanzado su primer libro de poesía a los 30 años.