Más livianos, menos líquidos

Es tiempo de ir más livianos, menos líquidos. Sobre todo en estos tiempos en los que nos han enseñado a tecnificarnos, a especializarnos en el árbol y no en el bosque.

Opina - Educación

2018-02-11

Más livianos, menos líquidos

Vinieron Michele Carducci, Lucio Pegoraro y María Cristina Gómez al Doctorado en Derecho de la Universidad Libre. Cuánta fuerza nos dan estos profesores y cuánta vida para seguir adelante en la construcción de academia, sobre todo en estos tiempos de mercado y de “educación líquida”. De este mal, no se salvan ni las universidades públicas ni las extranjeras, de las que provienen, por ejemplo, los profesores Carducci y Pegoraro.

No hay mundo más competitivo que el mundo académico, vanidades, clasificaciones, puntos, puntos, categorizaciones, indicadores y más. Hoy senior, mañana junior, hoy H10, mañana, depende de la citación, H5. Qué tanta salud mental nos queda de esta carrera desenfrenada de la “ciencia líquida”. “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, lo que hoy es mañana no lo es.

Vivimos el día a día cumpliendo agendas de trabajo, artículos, puntos y más puntos. Los mejores libros son como los mejores vinos, se construyen con encierro, dedicación, tiempo y más tiempo. Ese que ya no tenemos, ni siquiera para preparar las mejores lecciones y clases.

En este escenario, la astucia cuenta. Tú me citas, yo te cito. Publicar se convierte en una obligación. Crear algo nuevo es realmente complicado. Muchos llegarán al podio del ranking y de las estadísticas, pero solamente la historia de la ciencia dirá quién realmente pudo hacer un aporte significativo. No hay tiempo para la “emoción”, “la pasión”, el “amor por la academia”.

El tiempo ya no es tiempo. Cuando inicié mi vida académica, investigar era soñar, vivir, gozar, deleitarme. De hecho, tuve compañeros que se burlaban de estos sueños. Quisiera regresar al punto de partida.

Quisiera ver universidades realmente construidas en el amor al conocimiento, a su comunidad y a la construcción de ciudadanía y libertad.

Es momento de reivindicarnos con la emoción, con un sentimiento de felicidad que emane de nuestro vientre cuando entremos a los salones de clase. Es tiempo de buscar horas para hablar con nuestros estudiantes sobre más literatura y menos códigos: esta, de hecho, sería una forma de mitigar la fugacidad de la educación, tan caracterizada por facilitar la desunión, la individualidad de académicos dedicados al ejercicio de autosatisfacción de alcanzar logros en soledad, cuando a decir verdad la academia debería ser una comunidad de pensamiento y diálogo.

Por ahora, todo parece estar diseñado bajo los lentes de una “educación líquida”. Los conocimientos ya no se comparten ni construyen en salones de clase, porque se han vuelto productos sin función social, irónicamente evaluados por aplicativos diseñados para sumar y restar que tienen, más o menos, la siguiente lógica: si mucho escribes, independiente de su contenido, sumas; si poco escribes, aunque escribas cosas valiosas, restas.

Por eso casi ningún saber permanece; todos hacemos parte de una educación que no educa sino que alimenta vanidades y falsas modestias, y esto, más que egocéntrico, es inhumano.

Es tiempo de ir más livianos, menos líquidos. Sobre todo en estos tiempos en los que nos han enseñado a tecnificarnos, a especializarnos en el árbol y no en el bosque.

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Liliana Estupiñan
Doctora en Sociología Jurídica e Instituciones Políticas/abogada. Académica, investigadora y consultora en Derecho Constitucional y Régimen Territorial. Directora del Grupo de Investigación en Derecho Constitucional Nacional y Comparado de la Facultad de Derecho de la Universidad Libre