El rebusque es lo que hay

“La gente no lo cree, pero si uno se le atraviesa sin querer a uno de estos carros o motos, lo levantan y ahí quedó el ‘bonicero’ y a uno no le van a pagar nada, lo mandan a uno para el más allá y, ¿cómo queda la familia de uno? ‘Paila’, como uno firmó un papel, ellos se cubren en salud”.

Narra - Sociedad

2018-02-05

El rebusque es lo que hay

Caracterizados por nuestras ganas de salir adelante, los colombianos siempre han sido humanos resueltos a lograr cualquier meta, y en cuanto a buscar trabajo se trata, son los más luchadores, persistentes y optimistas, impulsados por la obligación de cumplir con sus responsabilidades, pero motivados por un sutil deseo que, desde lo más profundo del alma, los llena de esperanza para trascender y alcanzar así un futuro mejor.

El trabajo ambulante no es una alternativa que no aplique con las añoranzas anteriores, y aunque es un fenómeno de larga trayectoria comercial, desde hace pocos años se ha venido convirtiendo en una alternativa más optada por muchos colombianos que, por razones injustas como el no haber culminado los tan necesarios requisitos educativos requeridos para laborar, o el sobrepasar un absurdo límite de edad, niegan la oportunidad de obtener un empleo “digno y que valga la pena” en una sociedad tan caótica, monótona y llena de paradigmas como en la que vivimos.

Estas son las historias de dos personas que, por múltiples razones, incursionaron en este mundo de las ventas ambulantes. Estratos socioeconómicos diferentes, responsabilidades familiares opuestas, edades distintas e historias de vida incomparables son los ingredientes que componen estos relatos que, más que explicar una forma de laborar, pretenden narrar los sucesos positivos y las dificultades que viven a diario los vendedores ambulantes de Vive 100 y de Bon Ice y que, a través de sus testimonios, anhelan que su trabajo mejore y que los consumidores valoren más su arduo empleo.

Gabriel Felipe Perea Garcés, un vendedor ambulante de Vive 100 que se mostró un poco tímido en principio al pensar que lo grabaría en video, pero cuando supo que solo sería una toma de audio, cambió todo eso por una simpática sonrisa en sus labios.

“Tengo 19 años, trabajo vendiendo Vive 100 desde que terminé el estudio, más o menos hace dos años y medio. Me vine a vincular al trabajo por medio de mi mamá; ella montó una microempresa de Vive 100 y, pues, yo quise ‘camellar’, porque a mí me gusta trabajar. En este momento no estudio, porque estoy ahorrando pa’ entrar a estudiar en una universidad; me gustaría estudiar Diseño Gráfico o Ingeniería en Sistemas en una pública porque no tengo la plata pa’ estudiar en una privada (risas), pero obviamente voy a buscar una universidad buena, ¿sí sabe?”, cuenta el peculiar joven de baja estatura que, con un uniforme desorganizado y unas prominentes gafas de sol negras, parece ser, a primera vista, un hombre arrogante y de poca calidez con las personas, pero que en realidad es un ser humano alegre y extrovertido, a quien solo hay que darle unos minutos para que comience a sacar sonrisas y carcajadas con su entretenido discurso.

El lugar de trabajo de este vendedor ambulante está ubicado en la esquina donde comienza la reja que rodea la Universidad Pontificia Bolivariana por la Avenida Bolivariana, más exactamente unos cuantos metros afuera de los torniquetes de la salida que da justo en frente de Unicentro y que a diario posee un gran flujo de automóviles y personas, gracias tanto a la avenida como a la bahía vehicular que se creó por la acera que rodea a la universidad y la acera de enfrente en la que están instalados unos paraderos de buses.

“Tengo 40 años y llevo 16 años vendiendo Bon Ice; yo empecé llevando mi hoja de vida a una microempresa ahí por el estadio cuando sacaron un anuncio de periódico”, dice Juan Restrepo, un serio pero cordial vendedor ambulante de Bon Ice que, tras una desteñida gorra amarilla con un pingüino gris, se sienta en la acera de las afueras del centro comercial Unicentro y que limita con la Avenida Bolivariana, con un carrito que tiene una sombrilla azul oscura amarrada improvisadamente con unos cabos de plástico.

“Me tocó estar acá por no haber estudiado, ya saben pa’ que no les pase lo mismo”, comenta él mientras me señala con su índice, tal y como lo hace un padre cuando reprende a sus hijos; tras ese gesto de querer transmitir una enseñanza, veo a un hombre que trata de imponer la imagen de alguien frío como primera impresión, pero que tiene un corazón tan noble y tan sabio que le ha permitido aprender de sus errores en la vida.

La empresa responsable, tanto de los productos que venden Gabriel Felipe y Juan García como de su respectiva vinculación al trabajo, es Quala, una multinacional colombiana que se encarga de la elaboración y comercialización de todo tipo productos no perecederos como bebidas, postres, gelatinas, refrescos congelados, alimentos, snacks, productos de cuidado personal y del hogar. Con una trayectoria de más de 30 años, Quala ha logrado posicionarse como una de las empresas más importantes e influyentes de la economía nacional, tanto así que exporta marcas líderes colombianas como Vive 100, Aromatel, Savital, Ego, Ricostilla, Bon Ice y otras más, a ocho países de Suramérica.

Esta compañía no solo utiliza el trabajo de vendedor ambulante como única oferta laboral informal, sino que también emplea personas para cargos como surtidores tienda a tienda, mercaderistas de ruta y vendedores mayoristas que tienen en común una modalidad de pago a final de la jornada diaria, pero sin remuneración ni responsabilidad alguna por pensión, salud o riegos laborales, y mucho menos les garantiza la firma de un contrato laboral.

Ha sido tanto el éxito de esta modalidad de trabajo informal -que comenzó siendo un tentativa de negocio en Bogotá- que ahora se ha convertido en una oportunidad para millones de colombianos en todo el territorio nacional que buscan esperanzados una forma de sustento para suplir las necesidades diarias con las que deben cumplir y con el sostenimiento de sus familias; incluso este mismo negocio de subcontratación descarado, se ha convertido en todo un modelo laboral que actualmente se lleva a cabo en los países que importan productos de Quala.

 

Un modelo de negocio insolente

Todo este conveniente negocio de las ventas ambulantes, tanto de Vive 100 como de Bon Ice, se compone de tres partes: primero, representantes directos de Quala son encargados de buscar microempresarios que deseen iniciar su propio negocio y les ofrecen una franquicia, ya sea de Vive 100 o de Bon Ice, cuyo precio varía según la cantidad de vendedores ambulantes que el microempresario pueda emplear.

Segundo, ya el microempresario con su negocio propio busca personas independientes que deseen y necesiten un empleo sencillo, que no requiere ningún tipo de estudio o experiencia laboral y, dependiendo de la cantidad que logre convocar, este se encarga de informarle al representante de Quala para que proceda a suministrarle los uniformes, los carritos o las neveras que manejarán los vendedores y la cantidad de productos necesaria con los que los surtirán diariamente.

Por último, y en el escalafón más bajo de este proceso de subcontratación, encontramos a los vendedores ambulantes, que solo con presentar sus documentos personales y demostrar que no están reportados en las centrales de riesgo, pueden entrar en todo este mundo de las ventas callejeras y vincularse en esta pirámide que tiene en la punta a la multinacional responsable y que se beneficia de los rangos posteriores de esta inequitativa jerarquía.

 

El día a día de un vendedor ambulante de Vive 100

“Yo me levanto a las 8:00 a.m. hay veces cuando no me coge el día, y a las 9:00 a. m. me baño, desayuno y voy y cargo el carro, me cepillo y me vengo. Ya el trabajo lo hago hasta las 6:00 p. m. y hago la devolución, luego voy y hago musiquita y ya luego me acuesto a dormir y al otro día la misma rutina. Yo solo trabajo en esto, mi horario es por ahí de 10.00 a. m. a 5:00 p. m., sino que todos los días llego tarde (risas).

Como buen trabajador, hay que moverse mucho, entonces yo de lunes a viernes me ‘encholé’ a vender aquí (afuera de la portería de la Avenida Bolivariana) y los sábados y domingos trabajo en semáforos, más que todo en los de la 80”, cuenta Gabriel Felipe entre risas mientras se acomoda las gafas de sol que se deja puestas todo el día y cuya silueta ya se le ha quedado marcada en la cara a causa del poniente directo que le llega en su puesto de trabajo.

“La microempresa donde a mí me surten, o sea la de mi mamá (risas), queda en la 80 con San Juan. A mí me surten, por ejemplo, en un día caluroso como hoy, saco 60 grandes y 30 pequeños; de los grandes son 15 de cada sabor (verde, rojo y azul) y los pequeños saco 15 verdes y 15 rojos, porque azul pequeño no hay”.

Para venirse de la microempresa con el carrito hasta la portería de la Avenida Bolivariana lo hace “en dos”, es decir, caminando y relajado, como lo describe él tranquilamente mientas hace la mímica de estar llevando un carro imaginario con una peculiar postura e inclinación de su espalda que hace reír a más de un transeúnte que pasaba por esa esquina para entrar a la universidad.

“Le voy a contar cómo es toda la vuelta”, dice él entusiasmado mientras se acomoda en un inestable pero útil banquito color verde oscuro que tiene amarrado junto a su carro con una delgada cadena plateada, y luego continúa: “El Vive pequeño, que lo vendo a $1500, yo le gano $250, y al grande, que lo vendo a $2000, le gano $350. La venta diaria es muy inestable, no hay uno fijo que yo diga que vendo más, ¿sí sabe? Pero de entre grande y pequeño se está vendiendo más el grande”.

Hablar de su rutina de trabajo le genera una gran emoción, tanto que en ningún momento del relato cesó el constante movimiento de sus manos que acompañaban sus palabras y tampoco faltó su eufórica sonrisa, esa que lo ha hecho distinguirse entre los mismos vendedores de esa bahía y la misma con la que recibe amablemente a cada persona que se le acerca a comprarle una botella del energizante.

Mientras saca y organiza los billetes y monedas que guarda en una sucia pero confiable riñonera, Gabriel Felipe me cuenta que sus mayores compradores son los estudiantes, los taxistas y los conductores de bus. “Al día yo me vendo en total por ahí $200.000, $180.000 o $160.000, y ganancia me hago $30.000, $20.000, hay días me hago $18.000, $15.000, ¿sí me hago entender? Todo es dependiendo del calor, hay días que me he hecho $80.0000, pero fue solo una vez y fue el mejor día de mi vida”, exclama Gabriel Felipe mientras señala y mira el cielo como señal de agradecimiento, y luego de una fuerte carcajada, se incorpora y continúa: “A la nevera le caben 170 Vive 100 bien acomodados, y eso que hay carros más grandes que este, pero este apenas es pa’ mí porque yo todo chiquito y con uno más grande, ‘juemadre’ (risas), el carro me llevaría a mí, de buena”, dice y acaba soltando una estruendosa carcajada que termina contagiándonos a todos los que estábamos a su alrededor; él es, sin duda, el alma de esa esquina y la mirada de los otros vendedores lo confirma, ya que más de uno lo mira con una sonrisa de oreja a oreja meneando la cabeza, como si agradecieran la presencia de su colega que cuya ausencia, sin lugar a duda, no se tardaría mucho en notar.

 

El día a día de un vendedor de Bon Ice

“Yo vivo en el Centro, trabajo de 9:00 a. m. a 6:00 p. m. todos los días; los domingos son los días más buenos porque hay más gente en ciclovía y eso. Yo ando por donde ‘haiga’ eventos en Medellín, más que todo en los que estén niños o si no me voy para el Atanasio que, cuando hay partidos, también me va bien, pero si no hay nada de eso, sí me parcho aquí en esta ‘acerita’ que me conocen y me buscan”, cuenta Juan García mientras le vende a un taxista unas Popetas combinadas que tardó en encontrar en una bolsa negra pegada tras su carrito de Bon Ice.

Aparte de vender los productos de Bon Ice, Juan también vende agua, gaseosas y cigarrillos, que guarda clandestinamente en una nevera más pequeña suspendida de un soporte por la parte trasera del carrito de Bon Ice, pero esto lo hace de manera independiente; lo compra con su producido y es una alternativa adicional ingeniosa para aumentar las insuficientes ganancias que le dejan las ventas de Bon Ice.

A pesar de la insistencia para que se dejara tomar una fotografía, Juan no quiso aparecer en la crónica por temor a que de pronto este relato llegara a manos de Quala y pudiera perjudicarlo.

“La microempresa mía queda por allá en el estadio y toca venirse caminando con el carrito, al día me surto con 50 Popetas, 50 Triangulitos y 100 Bon Ice; yo decido cuánto quiero llevar. En pasajes no gasto nada porque yo me voy a pie desde mi casa hasta al estadio y viceversa, eso es de una”, cuenta con una sonrisa pícara mientras alza los hombros y se quita la gorra para limpiarse el sudor con un trapo rojo que carga en el lateral de su cinturón; ese sudor es la prueba más auténtica de las arduas condiciones en las que trabajan los vendedores ambulantes, pero que aun así no son un pretexto para continuar ofreciendo los productos que le dan de comer.

“Los Bon Ice se venden el pequeñitico a $200, el clásico a $500 y el doble a $700 y ya de último el Triangulito y las Popetas a $1500. Si yo vendiera los productos al precio que deja la empresa, no me dejan mayor ganancia y me ganaría por hay $130 pesos por cada producto y eso no justifica, entonces por eso yo les subo un poquito para que valga la pena el visaje y poder uno ganar. Por lo novedoso el triangulito se vende más, pero igualmente el clásico Bon Ice también se vende mucho. Hay días que se venden más las Popetas por el frío, hay días que se vende más el Bon Ice por el calor.”

“Pues así al día uno se puede hacer un promedio de $40.000 o $50.000, pero no todas las veces. Hay días que uno no hace nada; vea, por ejemplo hoy no he vendido casi nada y hace rato estoy aquí”, agrega mientras hace una pausa en su testimonio con un pronunciado ceño fruncido y con su mirada desorientada entre los carros de la Avenida Bolivariana, pero es evidente que una mezcla entre enojo y frustración le recorre su rostro cuando lo baja para mirarse los zapatos y rápidamente recupera la postura para mirarme y seguir contando: “De ganancia uno a veces se gana $15.000, $20.000 y así; uno no sabe cuánto se va a ganar al día o, por ejemplo, donde ‘haiga’ grupos de colegios uno se hace $70.000, $80.000 o hasta más; pero hay días que uno es aquí clavado por ganarse $10.000 o $20.000 pesos, eso no se sabe”.

Según datos de la Subsecretaría de Espacio Público y Control Territorial de la Alcaldía de Medellín, en toda la ciudad trabajan alrededor de unos 3.500 vendedores ambulantes, tanto de Vive 100 como de Bon Ice; una cifra alta de personas que, sea cual sea la razón por la que se sumergieron en este negocio, comparten unas pésimas circunstancias laborales y viven día a día la incertidumbre de tener que depender de factores tan volátiles como una melancólica lluvia que puede dejar por el suelo las ganancias diarias, o como un radiante sol que, aunque impulsa sus ventas casi al doble, resulta siendo un elemento despiadado e insoportable que disminuye muchísimo más su coraje para tolerar el escenario de las calles.

Cómo no va ser este un excelente negocio para la compañía si el precio que paga por usar el espacio público en las calles, semáforos y demás lugares de la ciudad es de cero pesos.

Y, aun sabiendo el gigantesco ahorro que se hacen al no tener que costear puestos fijos de venta, Quala no se toma ni la más mínima molestia por mejorar ni supervisar las condiciones laborales de los 3500 vendedores que los siete días de la semana prestan sus servicios sin descanso y con la angustia diaria de no saber si lo que vendan en el día les alcanzará al menos para llevar algo de comida a sus casas.

Ni en la Constitución Política de Colombia, ni en el Código Sustantivo del Trabajo colombiano, ni en ninguna ley actual se establecen responsabilidades a las empresas vinculantes de vendedores ambulantes que trabajan bajo las precarias condiciones que lo hacen las personas de Vive 100 y de Bon Ice; tampoco se encuentra ningún tipo de garantía que respalde a este gremio de trabajadores con respecto a su remuneración y bienestar laboral, debido a que ante el Estado son vistos como obreros independientes y no vinculados directamente con las empresas que les distribuyen los productos.

Es así como Quala fácilmente puede “lavarse las manos” y se escuda en una pésima legislación colombiana para no tener que acarrear con las necesidades de sus trabajadores que, aunque no conocen verdaderamente a su jefe principal, son indirectamente el rostro y los representantes principales de una multinacional avara y despiadada que tiene como prioridad vender sus productos de manera estratégica, pero la cruda realidad, al otro lado de la moneda, es que se sigue lucrando a mayor velocidad una mega empresa que solo se hace a un lado para estar ajenos a la realidad que tienen que afrontar las personas que desempañan la labor de vendedores ambulantes.

 

Consentimiento informado

Al preguntarle por Quala, Gabriel Felipe dice: “¡Hum!” exclamando entre risas y torciendo la boca en un gesto sarcástico, “Ellos se la ganan toda, como toda multinacional. Uno tiene que ser consciente de que ellos son los jefes, ¿sí sabe?, ellos también deben ganar, pero en el sentido de la ganancia, como todos los trabajadores lo hemos dicho, deberían pensar más en nosotros, ¿sí me hago entender? Pero igual agradecidos con ellos porque me han brindado también una oportunidad de trabajo.

Para mí esto sí es un buen negocio, mujer, porque yo no tengo hijos, ¿sí sabe?, y no tengo obligaciones por el momento porque vivo con mi mamá (risas), vivo cerquita a la microempresa y pues pa’ mi mejor porque así no gasto pasajes, entonces a mí me está yendo muy bien y tengo que ser agradecido, ¿sí?, pero yo no menosprecio ningún trabajo porque después de que uno no esté robando o haciendo mal o tirando vicio por ahí, nada es malo, ¿sí me hago entender? Entonces yo me siento contento con lo que estoy haciendo en el momento”, dice Gabriel Felipe  con una sonrisa de satisfacción, haciendo notar que se siente agradecido con la vida por tener una ocupación.

“Este trabajo es muy buen negocio, porque, por ejemplo, cuando hay Feria de las Flores o en diciembre y en tiempo de vacaciones el Bon Ice se vende mucho”, comenta Juan Restrepo en un tono seguro y decidido: “los microempresarios buenos, como el mío, le prestan plata a uno; en diciembre nos dan mercados, zapatos para los niños e incluso nos dan un poquito más en la liquidación. Pero eso no lo hacen todos, hay unos que son muy duros”, asegura con una expresión de resignación, pero a la vez con unos ojos agradecidos al tener a su favor un jefe humano y compasivo que le da un poco de color a ese panorama tan gris que pinta ser la jornada diaria de Juan.

Al mencionarle a Quala, el vendedor de Bon Ice no duda en mirarme con una expresión de completo desagrado, se gira completo hacia mí y me dice: “Pues para mi concepto, esas personas de Quala por un lado tiran la jugada buena, pero por el otro es que deberían darle seguridad social al vendedor y si quieren que uno les venda a precio, que hagan un salario así como le pagan a los impulsadores. Uno así con qué moral va a trabajar si no le dan un salario fijo ni nada y se está a la deriva al estar sin seguro y también sin cesantías; es que ¿sí o no?, aparte lo ponen a firmar a uno un papel que dice que si a usted le pasa un accidente, ellos no responden por nada.

¡Imagínese, qué moral!, y uno en medio de esa manada de carros y de motos bien locos, se está en peligro constantemente. La gente no lo cree, pero si uno se le atraviesa sin querer a uno de estos carros o motos, lo levantan y ahí quedó el ‘bonicero’ y a uno no le van a pagar nada, lo mandan a uno para el más allá y, ¿cómo queda la familia de uno? ‘Paila’, como uno firmó un papel, ellos se cubren en salud”.

Dos realidades muy diferentes, pero que hacen parte de las 3.500 historias de vida que deambulan a diario por las calles de Medellín. A pesar de todo las adversidades por las que pasan los trabajadores ambulantes de la ciudad, la amabilidad y las ganas de salir adelante son las cualidades que los motivan a esforzarse cada día más en su ocupación, y la satisfacción de una dura jornada se manifiesta al final del día al llegar a sus casas y ser recibidos por el cariño de sus seres queridos. Todo se sintetiza en las palabras de Juan Restrepo: “A fin de cuentas, le toca a uno es el rebusque y ya, porque fin y al cabo, esto es lo que hay”.

( 1 ) Comentario

  1. Muy buen artículo, generalmente las personas miran hacía arriba y discuten con el espejo, quejándose de la injusta situación que “algunos viven” y cuando los tiene al frente, no saben que tan mala es su situación para alegar por él. Es cierto que es un problema social gigante, porque desafortunadamente, nosotros los colombianos, estamos tan acostumbrados de vivir tan mal, que cualquier “ayuda” la sentimos inmerecida, aunque no se exista una ley exacta que proteja a este tipo de trabajadores, existe el articulo 123, el cual dice que toda persona tiene derecho a un trabajo digno, pero como dicen por ahí “cada ley tiene su hueco”

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Ana Heredia
Comunicadora Social y Periodista en formación, UPB. Decir la verdad puede ser un mal necesario.