El miedo se esfuma, pero el recuerdo subsiste

Después de un tiempo, unos amigos me decían, ´Menos mal se fueron, porque unas horas más y tendrían a Rogelio cargando adobe´.

Narra - Conflicto

2018-01-04

El miedo se esfuma, pero el recuerdo subsiste
Testimonio basado en entrevista con Flor María Ciro Pavas, por César Augusto López.

Eran las 9:30 p. m. de aquel viernes 01 de diciembre del año 2000, el inicio del mes más alegre del año, o por lo menos así había sido siempre en La Unión, Antioquia; las luces del árbol de navidad fulguraban como nunca. Berto García, Nelly y su bebé de 1 año se disponían a salir después de varias horas de visita que habían pasado en la casa con nosotros. Pero la alegría que transmitían las luces del árbol pasó a zozobra cuando abrimos la puerta y notamos que estábamos rodeados de personas armadas y encapuchadas.

Nos obligaron a apagar las luces, cortaron el cable del teléfono, levantaron a los demás trabajadores de la finca, entraron y empacaron los objetos de más valor, entre ellos el teléfono.

Lo primero que hice fue coger y cargar a César, 2 años tenía en ese entonces. Nunca había escuchado silencio tan fulminante en Los Lagos, la finca donde vivíamos. Sentía que mi cuerpo pasó a ser una estatua de cristal.

Como Pedro por su casa, así llegaron los del ELN o los paramilitares, al día de hoy no sabemos con certeza quiénes eran. Esa noche tomaron leche del tanque de enfriamiento y empacaron litros, demás que para el desayuno. La orden era que todos los trabajadores tenían que ir a llevar el ganado; hasta a Berto le tocó obedecer. 74 vacas se llevaron. Caminando hacia el infierno, así me imaginé a Rogelio y los otros empleados andando toda la noche, en medio del rastrojo, para llegar a otra vereda y empotrar las reses. La duda de si regresarían se apoderó de mi mente.

Solo quedamos Nelly, los niños y yo, encerrados; no podíamos informar a nadie lo que estaba pasando. Solo pensaba en si volveríamos a ver a nuestros esposos y a los otros trabajadores. Pero Dios nunca me ha desamparado; la oración que realicé toda la noche fue pilar para que tornaran a las 8:00 a. m. del otro día.

Después de eso, los demás trabajadores prefirieron irse; tenían la convicción de que los hechos se repetirían. Nosotros por cumplir con el trabajo decidimos quedarnos. Pero la profecía se cumplió, esa semana supuestamente los paramilitares nos estuvieron cuidando; amanecían en los corredores de la casa. Pasados esos días, en las noches seguían llegando personas armadas y recibíamos llamadas de individuos que decían que eran integrantes del ELN.

La petición, o más bien orden, que le daban a Rogelio era que hablara con los patrones de la finca y les dijera que si soltaban dinero, ellos devolverían el ganado. ¡Qué situación! Nosotros al ver que las cosas se ponían peor, sentíamos el impulso de irnos, sin embargo, los dueños de la finca lo impedían porque no se podía dejar sola. Seguramente les importaba más la finca que la vida de nosotros. Nos decían que estuviéramos tranquilos, que los paramilitares nos iban cuidar.

Pasado un mes, recibimos una llamada que fue el motivo para, por fin, tomar la decisión de irnos, esta vez, de inmediato. Recuerdo que eso fue un domingo, llamaron diciendo que enseguida iban para que Rogelio los acompañara a recoger las reses de otra finca de los mismos patrones, pero ubicada en la vereda La Almería. Más se demoraron en colgar que en nosotros salir con una sola maleta. Nos tocó dejar todo.

En ese momento Rogelio llamó a los patrones para entregar la finca y lo que le dijeron era que él era muy irresponsable y que no podían dar referencias de él. A nosotros no nos importó eso, lo que nos importaba era salvar nuestras vidas. Llamamos un carro que nos llevara hasta el pueblo y ahí tomamos un taxi que nos llevó hasta Medellín. La angustia que sentíamos era impresionante, todo el camino sentíamos que nos estaban siguiendo.

Finalmente llegamos a Medellín a la casa de una hermana mía, desde ahí llamamos a un señor para que nos llevara las cosas que habíamos tenido que dejar. El poco dinero que teníamos fue para pagarle al chofer del carro del trasteo, en ese entonces fueron $300.000.

El señor fue y el trasteo lo cargó el trabajador que quedó encargado de la finca. Mientras subían las cosas, el teléfono de la casa repiqueteó y el chofer contestó:

Anónimo: ¿Rogelio ya alzó el trasteo?

Chofer: Sí.

Anónimo: ¿Para dónde irá?

Chofer: La verdad es que yo no sé.

En ese momento a ese señor le dieron ganas de bajar todo e irse, sin embargo, se arriesgó y se fue con las cosas, pero con mucho miedo. En Medellín nos recogió y nos seguimos para San Pedro. Él iba con tanto miedo que saliendo de la ciudad nos chocamos con un carro pequeño, afortunadamente no pasó nada grave.

Llegamos donde otra hermana mía, pero allí solo duramos una semana porque nos informaron que nos estaban siguiendo para matar a Rogelio. Nos tocó volvernos para Medellín y dejar el trasteo guardado, ahí estuvimos un mes hasta que decidimos retornar a San Pedro. Literalmente estábamos huyendo de la muerte, en un laberinto que parecía no tener salida. Llegamos donde un hermano de Rogelio, pero solo nos quedamos 20 días. Nos daba temor salir hasta el corredor.

En esos días encontramos trabajo en una finca, pero por miedo a que no nos aceptara, no le contamos la historia al patrón; sin embargo, unos meses después, nos enteramos de que el patrón era muy amigo de un tío del jefe de la finca Los Lagos; sin pensarlo, nos tocó contarle. No nos creía, pero nos dio la oportunidad de seguir trabajando con él.

La tranquilidad fue retornando poco a poco, dejando el miedo en el olvido, pero con el hecho siempre presente, convirtiéndose en parte de lo que somos hoy en día, en algo que nos identifica. Fue apenas 9 años después que volvimos al pueblo, cuando la violencia había cesado, cuando la esperanza se hacía presente. El verde de las montañas unitenses ha ido borrando las manchas de sangre, pero conserva las cicatrices de una herida. Al menos nos libramos de cargar adobe.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

César Augusto López Ciro
Comunicador social - periodista en formación. Amante de la lectura, la radio, la televisión y el buen periodismo escrito. Recorrer las calles y hablar con su gente es mi principal inspiración para escribir.