El lienzo de los rebeldes

El graffiti es el arte no enseñado, es la voz de los silenciados, el lienzo de los rebeldes, de los fantasmas, de los que se embriagan de la calle y vibran con la noche.

 

Opina - Arte

2018-05-15

El lienzo de los rebeldes

“Empecé a los doce años, por el punk, para mí es algo fugaz, es porque quiero decir algo, sentir algo” dice Maul, graffitero, que ha estado pintando las calles bogotanas desde que tenía doce años.

En la actualidad, el graffiti no tiene esa connotación negativa que solía tener, hoy en día se le perdió el asco, se saneó el prejuicio, se exorcizó, se le quitó el vandalismo que siempre lo precedía y se cambió por arte, o mejor dicho, se reconoció su arte. Hoy es una práctica reconocida, respetada, acogida e incluso institucionalizada. Hoy existen colectivos, talleres y un tour de graffiti para extranjeros. Sin embargo, no siempre fue así, el estatus del cual goza hoy en día fue antecedido por una ardua lucha.

El graffiti llega a Colombia en los 80. Nace como una forma de protesta. Los primeros graffitis eran de tipo político, eran hechos por estudiantes, expresaban la inconformidad y rechazaban la violencia, el paramilitarismo, el narcotráfico, las guerrillas, criticaban el gobierno de Belisario y el papel del Estado.

Podían verse en las paredes de la Universidad Nacional, de la Pedagógica, de la Distrital o en cualquier calle, al pasar podía leerse: “Estado débil” “no más palo-más” o “ los buenos van al cielo, los malos a todas partes”. También había graffitis cargados de humor, sarcasmo y hasta poesía. Los más tímidos se reducían a los “tags” es decir las firmas de los grafiteros, que si bien no emitían ningún mensaje, cumplían el cometido de decir: estuve aquí, esta es mi huella.

En los 90 el graffiti político empieza a decaer, tras este declive y junto con el esparcimiento de la cultura “Yankee”que con el hip-hop y el rap deslumbró a los jóvenes de clases bajas, surge el graffiti estético, aquel graffiti desprovisto de todo tinte político, pero visualmente más atractivo, más elaborado.

De ahí que el graffiti fuera visto como un acto vandálico, asociado a la delincuencia y a la pobreza. Los grafiteros eran perseguidos y golpeados por la policía, en caso de ser sorprendidos pintando, tenían que pasar la noche dentro de la patrulla de policía y al día siguiente eran llevados a la UPJ. “Hacer un graffiti era como robar un banco” cuenta una mujer grafitera.

La estigmatización hacia el graffiti crece, la sociedad lo rechaza, la policía lo castiga y el Estado lo ignora. En 2013 un miembro de la policía asesina a “Tripido” un joven grafitero, su muerte parte la historia en dos, los grafiteros se indignan, la sociedad se solidariza, la policía se apabulla y el Estado por fin escucha. A raíz de esto hay un cambio en la manera como se concibe el graffiti, por primera vez deja de santanizarse y empieza a reconocerse como arte callejero, como una forma de expresión y comunicación. Se crean las mesas de graffiti como una herramienta para apoyar el mismo, se expide el Decreto 75 de 2013 el cual reglamenta entre otras cosas, los lugares autorizados para hacer graffitis.

En pocas palabras, el graffiti es una herramienta que permite entender la historia de Bogotá desde otro ángulo, contar la otra Bogotá, la no documentada, la anónima, la clandestina, es esa construcción de ciudad que escapa de lo hegemónico, de lo formal, de lo legal. El graffiti es el arte no enseñado, es la voz de los silenciados, el lienzo de los rebeldes, de los fantasmas, de los que se embriagan de la calle y vibran con la noche.

 

 

Imágenes tomadas de El Espectador y Radiónica

( 1 ) Comentario

  1. Hola, Camila. Interesante articulo.
    Trípido fue asesinado en agosto del 2011, no 2013.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Camila Montoya
Abogada de la Universidad del Rosario, columnista interesada en temas jurídicos, políticos, sociales y culturales.