El hechizo de Francisco

Opina - Sociedad

2017-09-04

El hechizo de Francisco

A partir de este miércoles 6 de septiembre, con la llegada del Papa Francisco, Colombia mostrará su mejor cara. Nos olvidaremos por cuatro días de todas las tristezas con que nos levantamos día tras día. Nos convenceremos por 96 horas de que el mensaje del pontífice es un mensaje de paz y reconciliación y pondremos cara precisamente de eso: de paz y reconciliación.

Nuestros alcaldes pintarán los muros y maquillarán las calles para el magno evento. Nos pondremos nuestras mejores prendas y usaremos nuestros mejores perfumes para adornar y aromatizar la fetidez en que vivimos. Nos saldremos de esa mezquina rutina que nos abate en silencio y que vemos con crudeza en los noticieros. Dejaremos de ser Colombia por un instante y nos convertiremos en el país que jamás hemos sido.

Se le rendirán sendos y pomposos honores al representante máximo de la iglesia católica y le profesaremos dignidades a una institución que tiene la dignidad perdida desde hace mucho tiempo.

Nos obnubilaremos durante unos cuantos días con la presencia de Francisco y dejaremos de lado tantas y tantas miserias que vivimos a diario.

Olvidaremos el hambre. Olvidaremos la sed de La Guajira. Nos olvidaremos de la corrupción y los corruptos encontrarán en la llegada de Francisco un respiro. Odebrecht ya no será el nombre propio más mencionado en los noticieros y los bandidos gestores de la debacle – que por cierto son muy creyentes- usarán la cortina de humo para esconderse y difuminarse en las brumas del olvido. Aprovecharán que nuestra memoria es de corto alcance en el tiempo y desvanecerán sus nombres y parecerán recuerdos lejanos.

Mientras tanto nosotros seguiremos ahí, con nuestras miserias tan palpables pero a la vez tan ocultas.

Por cuatro días nos creeremos el cuento de que aquí no pasa nada, cuando en verdad pasa de todo.

Barreremos debajo de la alfombra nuestras falencias y sonreiremos al paso de las caravanas con pañuelos blancos llenos de alborozo.

Pero cuando la noche del domingo rompa para siempre el hechizo cautivador de la visita del papa, y el avión de Alitalia despegue y abandone Colombia para siempre, despertaremos y la sonrisa mentirosa y falaz que nos acompañó durante esos días, desparecerá en el horizonte de la misma manera como llegó el miércoles 6 de septiembre.

Comprenderemos que todo durante esos cuatro días no fue más que una mentira. Aprenderemos que el maquillaje de los rostros se borra y que las cicatrices perduran para siempre. Volveremos a revolcarnos en la pestilencia de las guerras sucias que luchamos a diario.

Una vez más escucharemos los recuerdos lejanos de los nombres protagonistas de los desfalcos y de la corruptela, pero nos encontraremos con nombres nuevos y escándalos nuevos que taparán los pasados. Y volverán a morir los niños y los ancianos de hambre en La Guajira. Pero descubriremos con un cínico asombro que no han dejado de morir nunca, sino que los reflectores y nuestras atenciones se desviaron durante cuatro días hacia un panorama y unas noticias más amables.

Pero Colombia nunca dejará de ser Colombia. Nuestras miserias jamás dejarán de ser nuestras miserias. Ese lunes 11 de septiembre volveremos a ser los mismos de siempre. Entenderemos que nada ha cambiado.

De nuevo el hedor de la desigualdad invadirá el ambiente y los miles de pobres seguirán saliendo en las mañanas de sus casas, no “persiguiendo sus sueños” como dicen los poetas, sino intentando correr más rápido que el hambre y las penurias para no ser alcanzados y abatidos en el intento.

Así las cosas, la visita de Francisco será un bálsamo para muchos reconfortante. Será como una fiesta en la que se engalana la casa y los anfitriones lucen sus mejores atavíos. Los floreros viejos se esconderán de la vista de los invitados para no parecer “pobres” y los asistentes refinarán sus maneras para parecer de alcurnia. Pero al amanecer, cuando todo haya terminado, los floreros viejos volverán a sus habituales sitios, y los suntuosos trajes de gala se habrán convertido en disfraces.

 

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Mauricio Pérez Moreno
Defensor de la educación como único método confiable para la resolución de nuestros conflictos sociales. Amante de los libros de historia y adicto a los cubos Rubik. Treinta y cinco años tratando de entender a Colombia sin mucho éxito. Convencido de que La Verdad, aunque se halle escondida debajo de las piedras, nos hará verdaderamente libres.