Democracia callejera

La movilización y protesta pacífica son en esencia un derecho, no un crimen. Este país sería otro si la gente tuviera los mismos cojones de la juventud universitaria.

Opina - Educación

2018-11-23

Democracia callejera

La democracia es un anhelo en procura de satisfacer aspiraciones y querencias colectivas, en donde el interés de las mayorías prevalece sobre el particular, es una exigencia constante, una conquista diaria, un reclamo permanente, una lucha que no tiene espacio vedado (hogar, escuela, universidad, calles, plazas, empresas, barrios, localidades, naciones, etc.).

No hay derechos sin luchas, las revoluciones burguesas del siglo XVIII le arrancaron dos cosas al absolutismo: libertad política, democracia (Revolución Francesa) y libertad económica, mercados (Revolución Industrial). Toda obra humana es imperfecta, la democracia como sistema de convivencia social no es la excepción, sin embargo, es perfectible, Churchill la consideraba “el peor de los sistemas político, con excepción de todos los demás”.

Están muy equivocados quienes creen que democracia se reduce únicamente al voto. El sufragio es un derecho y deber que garantiza participación, pluralidad, disenso, e incluso, ser reconocidos como minoría (que también tiene derechos y deberes). En este sentido, la movilización y protesta pacífica son en esencia un derecho, no un crimen.

La acción democrática que ejercemos a través de marchas, tomas, mítines, bloqueos en calles, avenidas y espacios públicos, son mecanismos que no pretenden incomodar al ciudadano de a pie, por el contrario, también reivindican sus derechos que exigimos traducirse en hechos. De ahí que se proteste fundamentalmente para presionar, defender, apoyar o confrontar políticas gubernamentales o gremiales.

En las democracias contemporáneas las nuevas generaciones y los movimientos estudiantiles en particular son actores sociales de transformación y cambio de primer orden, en ellos la rebeldía es connatural, como también el patrón contestatario. Son los jóvenes un bálsamo social, torbellinos de libertad, alternativas a los males que presentan comunidades anquilosadas, arcaicas, encerradas en las cavernas de la modernidad.

Ejemplifican lo anterior el mayo francés del 68 y la primavera árabe en el escenario mundial, mientras en Colombia encontramos el movimiento de la séptima papeleta como preámbulo a la constituyente que terminó en la expedición de la Constitución de 1991, y hoy, las masivas movilizaciones, marchas y luchas por la defensa de la educación pública.

Colombia cierra el año 2018 en medio de una coyuntura política, económica y social compleja, un gobierno recién posesionado que en campaña defendió una agenda programática y en la práctica ejecuta otra, dinámica que incuba una efervescencia social por su talante antipopular y aporofóbico, ciego, sordo y mudo ante el clamor del pueblo y de sus juventudes.

Algo grave debe estar pasando en nuestro país, por la época deberíamos estar pensando más en navidades y festividades tradicionales, no tanto en marchas, protestas o paro cívico nacional.

Dios y la vida me regalan la oportunidad de marchar y protestar junto a mis hijos, ellos como estudiantes universitarios (Universidad de Cartagena) y yo como educador; la coyuntura nos convirtió en aliados por la defensa de la educación pública, convencidos de que una adecuada financiación estatal garantiza su universalización en todos los niveles, que la ignorancia es una estrategia perversa que castra las juventudes de las opciones de progreso, bien-estar, movilidad, equidad social y un futuro mejor.

Ellos consideran que los estudiantes han creado un movimiento estudiantil muy fuerte, con una causa justa, nivel de conciencia y unidad, entusiasmados de ser protagonistas una vez más en la historia nacional, les preocupa sobremanera los desadaptados y vándalos que se han infiltrados en las marchas al vender (gracias a la audiencia de los medios), la idea de anarquía y/o terrorismo, minando la validez de sus ideas y argumentos, verdadera fuerza del movimiento estudiantil.

Sienten que se han ganado el apoyo y solidaridad del pueblo colombiano, porque la gente los saluda con gestos y nobles palabras, los graban desde los dispositivos móviles, en los edificios ondean la bandera de Colombia o los felicitan desde el transporte público, privado o Transcaribe (Sistema Integrado de Transporte Masivo de Cartagena), todo les parece estimulante, al animar el temple de las reivindicaciones, la alegría entra en ebullición.

Por el contrario, los decepciona la apatía de los sectores sociales que permanecen indiferentes o manifiestan rechazo a sus proclamas y acciones, consideran que este país sería otro si la gente tuviera los mismos cojones de la juventud universitaria.

Por mi parte creo que no basta con reenviar memes, opiniones, fotomontajes o disparar contraataques a líderes del establecimiento desde las redes sociales, en la digitalizada sociedad de hoy ello puede ser necesario, más no suficiente.

La defensa de la democracia más que virtual tiene que ser real, debe complementarse con la lucha, unidad y movilización callejeras, profundizándola, revitalizándola, reinventándola, reconstruyéndola.

Stiglitz advirtió recientemente “brotes” agónicos en la democracia actual, intuye su involución a un sistema de ordenamiento social “de unos pocos, por unos pocos y para unos pocos”, Trump, Duque-Uribe y Bolsonaro dan fe de aquello: ojalá este brote no mute a epidemia colectiva.

A pesar de la evidente derechización de Colombia, el tropelín callejero indica un despertar en las conciencias, una profunda indignación social, una efervescencia en las concepciones alternativas de las juventudes, actores que desde ya empiezan a incidir en el espectro político con miras al 2022, ¡gloriosa juventud, divino tesoro!

Foto cortesía de: Caracol Radio.

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Gustavo Adolfo Carreño
Economista, Magister en Desarrollo y Cultura, Amante de la filosofía, librepensador caribeño, educador.