Delfines en campaña, una tradición colombiana

Opina - Política

2017-01-31

Delfines en campaña, una tradición colombiana

Colombia está a punto de entrar en campaña presidencial. En realidad nunca ha dejado de estarlo, este país vive en una interminable campaña política desde que la casta dominante adoptó el sistema del delfinazgo como método para prolongarse en el poder y pasar la presidencia de padres a hijos, de tíos a sobrinos o de tíos abuelos a sobrinos nietos. De hecho, ahora el nieto de un expresidente es el mejor posesionado en el partidor de la carrera presidencial para el período 2018-2022.

No es el único. Todos los expresidentes tienen un hijo, un nieto o un sobrino en la fila para llegar algún día al palacio de Nariño; incluso los mártires, los que no llegaron porque un sicario se cruzó en su camino, también dejaron delfines que aguardan su turno a la sombra de ese árbol frondoso de la burocracia estatal que tiene curules del senado, entidades públicas, embajadas, consulados, etc., para escampar durante los largos años de espera. Como dicen los campesinos en Antioquia cuando alguien llega a sus casas en el momento del almuerzo: “pa’ todos hay”.

Dicen las crónicas y quienes lo conocen y tratan a diario, que el nieto candidato es un verdadero cafre: faltón, prepotente, soberbio e iracundo. Su abuelo, sin llegar a los extremos del nieto candidato, tampoco fue una perita en dulce: la noche de una jornada electoral de confuso desarrollo, ordenó que el país se fuera a la cama y al día siguiente, 20 de abril de 1970, los colombianos se encontraron con que bajo la sospecha del pucherazo, tenían el nombre de un nuevo mandatario, padre a su vez de un vástago que con el correr del tiempo también se ceñiría la banda presidencial.

Pero volviendo al carácter volcánico del nieto candidato, hay que admitir que esta condición no es exclusivamente suya y que viene a ser casi un requisito necesario para hacer carrera política en Colombia. Sin ir más lejos, el líder de la oposición ejerce de presidente de honor de este exclusivo club de la bronca y la rabia. Su jefe de campaña a favor del No en el Plebiscito por la Paz, confesó que espolonearon a los votantes para que acudieran a las urnas emberracados, y consiguieron lo que querían. “Le parto la cara, marica”, es una de esas frases suyas que piden mármol contra el olvido.

En su última columna en la revista Semana, Daniel Coronell pinta el retrato de un exdefensor del Pueblo (deténganse a pensar en el cargo: ¡Defensor del Pueblo!) que trataba a sus subordinados a hijueputazos, cuando no ejercía de acosador sexual; y a la procuradora encargada de estudiar su caso no le pareció pertinente sancionar al funcionario, seguramente porque consideró que el estado de furia es el natural de muchos de quienes están en el servicio público.

Me pregunto por qué tiene que ser así. Por qué, después de haber vivido dos períodos de iracundia presidencial (2002-2010), este país tenga que soportar otros cuatro años de cólera. Con un agravante que aparece en las últimas horas.

Dicen los analistas políticos en Bogotá, que es donde se decide el destino de los colombianos hace doscientos años, que la posible fórmula vicepresidencial del nieto candidato es el hijo de un expresidente. Hasta aquí ninguna sorpresa, eso es lo lógico y normal en Colombia. Lo que encuentro inquietante es que, dados los antecedentes de salud del nieto candidato, pudiese llegar a la primera magistratura del país quien ejerciera en el período 1990-1994 de primer niño de la nación, saltándose por una carambola del destino, el turno riguroso que existe desde hace tiempo para llegar al solio de Bolívar.

Yo, que no soy muy optimista sobre el destino de Colombia, no tengo muchas dudas del triunfo electoral del nieto candidato, pero debo confesar lo mucho que me gustaría que eso no fuese así. Y que apareciese en el panorama político colombiano un candidato potente que rompiese la tradición; y sobre todo que, en contraste con el prontuario de corrupción que avala al partido del nieto candidato, trajese limpieza y aires nuevos a la presidencia de este país.

 

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Juan Restrepo
Soy periodista. Trabajé durante 35 años en Televisión Española (TVE) como corresponsal en Mexico, Roma, Bogotá y Manila.