Mucho gusto, Brenda Asnícar

—Vas a subir todos los días tres veces, en ascensor, hasta el piso octavo; parando en cada nivel. Y lo mismo de bajada —Sentenció ella.

Y mientras, yo pensaba:

—¡Está loca! ¡Eso no va a funcionar!

Narra - Emociones

2018-09-27

Mucho gusto, Brenda Asnícar

Sentada en el mueble del consultorio de la psicóloga, yo imaginaba mi vida como una triste agonía. ¿Subir todos los días a un ascensor? ¡En qué mundo! Pero, ella era firme en sus tareas. Y yo no podía acobardarme, pues ya estaba ahí.

La cuestión con las fobias es que son tan personales. Mucha gente comparte las mismas, pero la experiencia con cada una pertenece al ser, a cada vida. Las personas desarrollan una relación íntima con su miedo, ligándolo a sus vivencias y recreando las mismas ideas cobardes una y otra vez.

En mi caso, pasé siete años sin subirme a un elevador. Así, un día cualquiera a mis 23 años, cambié por completo mi perspectiva de ellos. Antes, apenas si me daba cuenta de que había entrado en uno, absorta en conversaciones o en mis pensamientos. Ahora, tan solo ver que se abriera, incluso en el primer piso, me hacía sentir que también se abría un vacío en mi estómago.

¿Cuál es el mensaje de las fobias? Ese día que le temí al ascensor por primera vez, le habían efectuado a mi papá (enfermo terminal de cáncer) un procedimiento mal hecho; gracias al cual dejó de sentir las piernas durante un tiempo. Ese día, quizá, lo relacioné con el momento en que se cayó un ascensor especial que habían instalado en algún lugar del mundo para facilitar la movilidad de una persona con mucho sobrepeso; al cual se subieron, irresponsablemente, varias personas, incluido el papá de una amiga; que, hasta donde supe, había quedado en silla de ruedas.

Porque esa era mi idea constante: que el ascensor se iba a caer de repente. Y la mantuve repetidamente en mi cerebro durante todo ese tiempo, alterando mi comportamiento, que era de evitación: ir siempre por las escaleras.

¡Claro que sí! Llegué a subir hasta trece pisos de seguido. Y todo por una idea irracional. Porque las fobias no tienen lógica, son solo miedo. Y esto lo he visto claramente siempre, por ejemplo, cuando mi prima se pasa la calle porque ve una paloma en el andén. U otra que me dice que le aterra saltar a una piscina. O mi tía que se estremece ante la foto de un murciélago (aunque, bueno, no sé si estos sean muy fotogénicos). Esas razones, para mí, no tienen valor. Pero, la fobia al ascensor tampoco para ellas. Es como un juego, con diferentes reglas para cada quien.

La verdad es que, mientras mantuve mi fobia a los elevadores, sí subí a algunos. Pero, aunque lo hice, incluso hasta el piso 41 de la Torre de Cali, persistió, porque yo seguía alimentando mi temor. Las fobias se superan enfrentándolas, pero de una manera que convenza a quien la padece de que se aferra a una idea errónea y fantasiosa.

La primera vez que entré a uno de ellos con la psicóloga, yo estaba aterrada y me agarraba de ella o de un tubo, buscando una falsa seguridad. Pues, dado el caso de que el ascensor se hubiera caído, ¿eso de qué habría servido? (ahí empieza la irracionalidad). Y mientras lo hacía, mi fobia subía de nivel, en un desespero, tal como si tuviera vida propia y temiera su extinción. E incluso fuera de él; ¡mi cerebro me hacía creer, por segundos, que se iba a desplomar el piso entero!

Y cuando empecé a hacer el ejercicio todos los días, mi monólogo era: “Y si se cae el ascensor, ¿cómo se sentiría? ¡Acabo de escuchar algo extraño, quizá justo se acabe de dañar! ¡Y si muero haciendo esto! ¡Se va a caer! ¡Se va a caer!”. ¿Se ve mi inconsciente a temerle inercialmente? De esta manera, comprendí que mi enemigo durante todo ese tiempo no había sido el ascensor, ni la historia del papá de mi amiga; sino yo, porque me convertí en la mejor aliada de mi propio temor.

Esta terapia diaria de exposición y habituación (así se llama) empezó siendo hasta el piso 4 y yo me moría del susto. Con la curiosidad de que, cuando pasamos hasta el piso 8, ya hasta el cuarto me parecía una pendejada. Cómo es la mente, ¿no? Mejor dicho, ¡cómo es uno!

En total, hice el ejercicio 45 días seguidos. Pero, me bastó un par de días para comprender la experiencia tan enriquecedora y grande que es enfrentar una fobia, porque uno se encierra (así no sea en un ascensor) con ella y realmente la mira a los ojos. Y da la casualidad de que ella solo es uno mismo, así que es un encuentro con el “yo”, con la fuerza propia, la valentía, la lógica y, sobre todo, con la superación.

El sentimiento que invadía mi pecho cada vez que terminaba el ejercicio no era otro que el de victoria. ¡Y cuánto bien le hace esto al cuerpo y a la mente! Era eufórico, feliz, porque sabía que estaba probándome, trabajando en mí y siendo testigo de cuánto era capaz. ¡Estaba cambiando mi vida!

Monté en muchos ascensores y conocí mucha gente dentro de ellos, lo cual me dio un gran panorama sobre la diversidad y la abundancia de fobias que hay en toda parte; ya que ese era el tema de conversación favorito de mis acompañantes ocasionales. Y es increíble y, casi ilógico, que estas se mantengan tanto tiempo en la mente de las personas, cuando existe la posibilidad de superarlas.

Por eso, no dudo ni un instante en recomendarle, a cualquiera que tema, esos ejercicios de exposición, habituación y superación de fobias que mandan los psicólogos, si uno tiene la valentía de sentarse en su sofá y decir: doctor@, me da miedo…

Pero, una de las mejores partes de mi terapia fue, sin duda, cuando en un piso octavo se abrió la puerta del ascensor, entré y unos niveles más abajo, mi compañera ocasional, esta vez, estrechó mi mano y me dijo: “Mucho gusto, Brenda Asnícar”.

( 2 ) Comentarios

  1. Felicitaciones Lorena !!!!
    Compartir esta experiencia y la forma como la superaste es una demostración de que la constancia vence lo que la dicha no alcanza como decía mi mamà , recuerdas ?
    Gracias por compartir la forma como decidiste enfrentar este miedo , gracias por ser un ejemplo de superaciòn .
    Un abrazo con todo mi reconocimiento y admiración .
    Tia Helda

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Lorena Arana
Comunicadora Social - Periodista, poetisa de oficio y de alma. Sobreviviente de la ansiedad y voluntaria en una fundación en la que la han mordido los perros por los que trabaja. Ahí sigue. Vacunada contra el tétano, premiada en algunos concursos. Ha escrito en periódicos, revistas, antologías y portales web. Pero, lo que más la emociona es haber lanzado su primer libro de poesía a los 30 años.