Amarrada en un baño

Esta es una historia digna de una madre y ella, una admirable. Nada raro. Pues, en teoría, todas lo son. Pero, a Amparo Valencia (al igual que a todas) la hacen especial mil razones; como esa hermosa habilidad de esconder su triste pasado tras una dulce y pacífica mirada maternal, que le enfriaría la fiebre, secaría las lágrimas y le sanaría las heridas y los raspones a cualquiera.

Narra - Narrativo

2018-06-18

Amarrada en un baño

De su triste biografía

“Mi primer recuerdo es amarrada en un baño, como secuestrada. Tendría entre tres y cuatro años, cuando llega mi mamá y un montón de policías y me rescatan. Me acuerdo que era una casa de madera, como las de antes, con un corredor largo y al fondo estaba el baño”.

Así se inauguran los recuerdos de esta mujer que nació en El Dovio en 1950, pero que vivió casi toda su juventud en Tuluá; allá, en el “Corazón del Valle”. Para cuando las mujeres empezaban a acortar sus faldas y los hombres se creían vaqueros, llegó el corazón más pudoroso y noble a este mundo, acompañado de una menuda espalda, más fuerte que el hierro; que cargaría después, sola, el gran peso de la tristeza y de la pobreza.

Sus papás han sido un recuerdo casi toda su vida. Su padre, por ejemplo, un fantasma. ¿Qué siente una joven huérfana a los veinte años? “Era extraño, tenía cinco hermanos, pero me sentía tan sola”, dice.

Sin embargo, gente mala es lo que abundaba en el Corazón del Valle por esa época. No buena como su madre Alicia; que, unos años después de la muerte de José, su primer amor y padre de Amparo, se enamoró de Miguel; quien fue el de los otros cinco hijos y, al mismo tiempo, la peor pesadilla de sus vidas. ¿Maltrato intrafamiliar? Es un nombre ridículo para este abuso; que no solo les ponía la cordura en peligro, sino la vida misma y alejó, por miedo, a Amparo de su hogar y de su familia, siendo apenas una valiente niña de siete años. “Ese hombre era malo. Por ejemplo, cuando íbamos al río, me cogía de la cabeza y me hundía en el agua, sin dejarme respirar. Y a mi hermano Alfonso lo golpeaba porque le gustaba trabajar recogiendo algodón”, rememora.

Así que, de casa en casa, pasó esta mujer casi toda su infancia y adolescencia. “Al final, viví en un hogar de inquilinato; aunque no oficialmente porque, cada noche, una familia me invitaba a dormir en su habitación. Pero, a veces, ninguna lo hacía y yo me ponía a estudiar en una mesa que había en el corredor y ahí amanecía. En esas andaba cuando terminé el bachillerato”, relata.

En su trashumancia, Amparo encontró toda clase de experiencias; desde hombres mayores que la querían seducir e intentaban chantajear, hasta estrictas monjas en el convento donde vivió dos años. Pero, de esta manera, también conoció a la religión, que se convirtió en su mayor consuelo, apoyo y casi parte de su esencia misma. “Yo hasta me acuerdo, en ocasiones, que daban las nueve de la noche y yo por ahí caminando con el uniforme del colegio en la mano, sin saber dónde iba a dormir”.

Primero, vivió en la hospitalaria casa de la mamá de Miguel, hasta que esta murió. Después, con las hermanas de él. Pero, ellas pronto se casaron y se marcharon. Aunque, antes, una de ellas queriéndole hacer un favor, logró hospedarla durante un año en la casa del director del colegio; para que él, después, solo pretendiera abusar de ella. De manera que, asustada, huyó al “Convento De Las Madres Capuchinas”, donde encontró un techo y un hogar. Mas, no lo que más deseaba: estudio, por lo que terminó en el inquilinato, viviendo “de la caridad pública”, como ella misma dice. Más adelante, tuvo su primer trabajo y así, su primera pieza pagada y después, esposo.

El asesinato de su madre fue un suceso muy absurdo y su velorio, la base para eventos venideros de todo tipo, que tuvieron como inicio la aparición de su exnovio de entonces y actual esposo de cuatro décadas de matrimonio, Uriel, que justo ese día y viéndola a ella desamparada con sus cinco hermanos, le propuso matrimonio; el cual trajo consigo una extraña situación de bigamia que atentó contra su dignidad, amor y orgullo durante mucho tiempo.

La situación con su esposo le afectó la salud, especialmente el aparato digestivo. Solo los años lograron madurar y menguar su sufrimiento; el cual se cansó de acecharla, sin saber que era de hierro, invencible; una mujer que siempre estaría ahí, parada, enfrentándose a la vida. Finalmente, Amparo se casó y seis años después, nació Jorge, su primogénito. Unos años después, otro hijo venía en camino e irónicamente, por una negligencia médica que ella tragó en secreto, se quedó ahí; ayudando al destino a traer, aproximadamente diez años después, a Lorena a la familia; su segundo hijo, pero el quinto de Uriel.

La historia de Amparo es original. No puede negar que ha sido feliz, pero tampoco lo contrario. Lleva un matrimonio ya maduro con quien, al final, ha sido su compañero de vida y aparte, resultó excelente padre: su esposo, que la ha hecho vivir dos veces bajo el mismo techo que el cáncer y aún duerme a su lado.

De su pasión por el medio ambiente

Otra cosa cambió la vida de esta noble mujer. Dicen que las pasiones nacen con uno, pero es curioso que Amparo reconociera la suya después de casi medio siglo de vida. Al llegar a Ciudad Jardín, el barrio que habita actualmente, no pudo evitar convertirlo en un hermoso paraíso campestre, ni dejar florecer su amor por el medio ambiente y la comunidad.

Hoy, Amparo es líder en su comuna y la pasión que siente por este trabajo es tan grande, que pareciera que ha obtenido la habilidad de transformar todo lo que toca en un lindo verde. Parte de su vida, prácticamente, se ha resumido a embellecer los parques de su sector. Particularmente, uno muy especial: El Lago de la Babilla de Santiago de Cali. Y sin dejar de lado el espíritu solidario que la ha invadido siempre; con el que, constantemente, intenta devolverle al mundo un poco de lo que este le brindó en su pasado, cuando no tenía ni dónde pasar la noche.

Esta mujer es casi una santa que reza el Rosario todas las mañanas y no puede ver disparos o sangre en la televisión porque se tapa los ojos. Es la persona más puntual del mundo y sueña con recoger a todas las perritas callejeras y hacerlas operar para que no tengan más crías. Pero, respecto al secuestro en su infancia, nunca fue aclarado, ni hizo preguntas. Guardó en su memoria ese original y absurdo primer recuerdo; que, tal vez, fue la premonición de que una vida muy especial, pero nada fácil, apenas iniciaba.

 

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Imagen tomada de El País Cali

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Lorena Arana
Comunicadora Social - Periodista, poetisa de oficio y de alma. Sobreviviente de la ansiedad y voluntaria en una fundación en la que la han mordido los perros por los que trabaja. Ahí sigue. Vacunada contra el tétano, premiada en algunos concursos. Ha escrito en periódicos, revistas, antologías y portales web. Pero, lo que más la emociona es haber lanzado su primer libro de poesía a los 30 años.